domingo, 26 de octubre de 2014

La evolución de Isco

Francisco Román Alarcón Suárez, más conocido como Isco. Quédense bien con este nombre porque en no mucho estaremos hablando de uno de los mejores jugadores del mundo, y de una pieza clave en el juego de nuestra selección.

Ayer, en el Santiago Bernabéu, nada menos que contra el F.C. Barcelona, Isco demostró a todo el mundo que su madurez como jugador ha llegado, y que lejos quedan aquellos días en los que se le tachaba de tener el síndrome del superclase: talento con el balón en los pies, cero esfuerzo en defensa. Así que para entender cómo ha llegado a este punto, vamos a estudiar su evolución a lo largo de su carrera.

Nacido en Benalmádena en 1992, Isco dio sus primeros pasos en el mundo del fútbol en la escuela de fútbol del retamar, de donde se marchó al Atlético Benamiel para empezar a destacar. Fue en el modesto equipo de su ciudad –cuyo primer equipo juega actualmente la Primera División Andaluza- donde empezó a destacar, y con 14 añitos, Isco recaló en la cantera valencianista. A los 17 años ya estaba en las filas del Valencia Mestalla, equipo filial del conjuntó ché, y en el año 2011 consiguió, junto con los Alcácer y Bernat, que el equipo volviera a la Segunda División B tras un desliz que le hizo descender a Tercera dos años atrás. A partir de ahí, la vida de Isco cambió.

Con el por entonces presidente del Valencia, Manuel Llorente, alabando el juego del malagueño,  Unai Emery se vio en la clásica encrucijada de tener que darle minutos a una joven estrella porque afición y jugador creen que los merece, pero en la que no confiaba tanto el técnico. Y no porque Isco no tuviera la calidad para jugarlos. El de Fuenterrabía,  que de esto entiende un poco, sabía que el proceso de evolución que necesitaba Isco para sacar todo el potencial que tenía dentro no era ése, sino el de sumar algún minuto con el primer equipo en Copa y seguir progresando en las filas del Valencia Mestalla. Mestalla es de sobra conocida por exigirle incluso a veces demasiado a su equipo, y un Valencia con esa terrible responsabilidad podía destrozar a un chico como él al que aún le faltaba dar algún paso más en su juego para ganarse el dorsal del primer equipo, y dicho dorsal pasaba probablemente por mejorar su faceta defensiva. 

Así, en el verano de 2011 el club le ofrece un contrato a Isco que él no ve con buenos ojos, y además llega a las oficinas de Mestalla una suculenta oferta del equipo de su tierra, el Málaga F.C., que gracias a los petrodólares está dispuesto a pagar su cláusula de rescisión de seis millones de euros y de darle una oportunidad en el primer equipo bajo las órdenes del técnico Manuel Pellegrini.

En Málaga, Isco es feliz. Llegado de un equipo filial como el Valencia Mestalla, Isco entiende su mayoritaria suplencia en un equipo plagado de estrellas como Toulalan, Van Nistelrooy o Santi Cazorla, y se va ganando poco a poco un hueco como jugador número 12 o 13. Ese año el Málaga firma una gran campaña y consigue clasificarse para la Champions League, torneo que encumbrará a Isco el año siguiente. Pero en la temporada 2012/13, el jeque Al Thani se ve obligado a remodelar la estructura del equipo para adecuarlo al fair play financiero de la FIFA, y la situación genera cierta incertidumbre. Se producen salidas de jugadores algo inexplicables, como la de Cazorla, y el panorama resultante en el equipo es el idóneo para que Isco empiece a ganarse un puesto en el once titular.

Pellegrini, un técnico con una faceta humana extraordinaria, lejos de huir de esta situación, asumió el riesgo y decidió hacer de su plantilla un equipo luchador, y de Isco su estrella. Le dio el dorsal número 10, lo colocó como enganche, y más liberado de sus tareas defensivas como gente como Iturra o Toulalán por detrás, Isco explotó. En liga sus números fueron algo más discretos, pese a jugar muchos partidos a gran nivel. Pero en Champions realizó una campaña memorable, como quien sabe que el verdadero escaparate al mundo está ahí y se guarda lo mejor para ese torneo. Como quien se dice a sí mismo: os voy a enseñar quién es Francisco Román Alarcón. Con tres goles –y qué goles- y cinco asistencias, sólo un Borussia Dortmund en fuera de juego fue capaz de echar al equipo malagueño en cuartos de final del más alto torneo de fútbol. Pero por si esto fuera poco, ese mismo año la FIFA le galardonó con el Golden Boy, y ese verano se salió en el Europeo sub-21 que ganó España.

Su calidad era indiscutible, y es entonces cuando un Florentino Pérez, que decidió invertir en producto nacional ese año, fijó sus ojos en el malagueño y se lo trajo al Real Madrid por 35 millones de euros. Tenía por delante su mayor reto.

A la par que Isco, Ancelotti aterrizaba en el banquillo del Real Madrid con la difícil misión de hacer olvidar al portugués José Mourinho, y conseguir de una vez la ansiada Décima para las vitrinas blancas. Y como todo entrenador que llega a un club nuevo, probó esquemas y jugadores. En un principio, gracias a las decisivas actuaciones de Isco con el gol de la victoria en el debut liguero contra el Betis, o su doblete frente al Athletic, Carletto decidió apostar por él como enganche en su 1-4-2-3-1, pero veía al equipo falto de equilibrio. El equipo atacaba fenomenal, pero en defensa estaba partido y le costaba más de un disgusto, así que reafloró su idea principal de jugar con un 1-4-3-3, y el damnificado fue el malagueño. Isco no conseguía hacerse a la posición de interior porque es una posición en la que sus carencias defensivas salían más a la luz, y ahí Di María era una bestia. Fue un duro correctivo, pero que a la postre se ha convertido en su más valioso aprendizaje.

La calidad de Isco con el balón en los pies ha estado desde el Atlético Benalmádena fuera de toda duda. En ataque siempre es una solución o la crea, tiene buen disparo, y de hecho ha mejorado mucho también en su punto débil ofensivo: perder menos el balón. Con ello Isco cubría su mayor carencia, que nunca se le había exigido explotar al cien por cien. Siempre podía liberarse un poco de sus tareas defensivas, siempre jugaba en posiciones que le pedían un mínimo esfuerzo defensivo, y que podía cumplir sin problemas. Pero en el Madrid esa posición no existía. En las bandas no había hueco: Cristiano Ronaldo y Gareth Bale. Casi nada. De falso nueve probó alguna vez, pero al técnico no le convencía ni su actuación ni la opción de jugar con esa figura, y la otra opción que le quedaba se la había cargado Carletto al cambiar el esquema. Así que si Isco quería jugar en ese equipo, y dar el penúltimo paso en la evolución de su juego, no le quedaba otra: tenía que defender mejor.

Y así ha sido. Durante la pasada campaña, Isco hizo un máster como interior fijándose en cómo jugaban Di María y Modric, mientras que Ancelotti le corregía y ayudaba todo lo que podía. Horas y más horas corrigiendo pequeños detalles, ligeros movimientos tácticos. Pero sobre todo, un cambio de actitud radical en su agresividad defensiva. En los partidos finales, Isco sumaba minutos de interior con las rotaciones del técnico, y con ello experiencia para aprender y seguir creciendo. Y la Final de Lisboa, en la que salió como revulsivo para acabar ganando la Décima, fue una inyección de autoestima brutal. Tampoco se le exigió demasiado defensivamente, pero ya se le notaba otro aire en su juego. Más serio.

El resultado de toda esta evolución, que se ha completado en lo que llevamos de temporada, lo pudimos ver ayer. Ya contra el Liverpool en Anfield realizó un encuentro sensacional, pero en el Clásico en el Bernabéu fue donde todo el mundo decidió ponerse de acuerdo: este chico ha madurado. Si Alves se dormía con el balón, Isco aparecía por su espalda y se lo quitaba. Si Marcelo subía demasiado en un ataque, Isco hacía el esfuerzo y recuperaba su posición para que el Madrid no se desangrara por su banda. Si Rakitic sacaba mal un córner, Isco corría a la presión y su agresividad significaba un gol. Un verdadero recital de lo que la posición de interior requiere, que sumado a su tremenda calidad individual dio como resultado lo que todos pudimos ver.


Seguro que cuando Unai ve a Isco jugar ahora no tendrá ninguna duda: acerté al no subírmelo. Y desde luego no debe entenderse como un acierto del conjunto ché –no tener a este Isco es un fracaso en cualquier equipo del mundo-, sino como un acierto de un entrenador que quiere lo mejor para sus jugadores. Éste es el Isco que tenía que ser. No un Isco que jugase diez partidos bien en Valencia por temporada, no. Un Isco que conquiste al Bernabéu con su juego, y al mundo entero. Ahora solo queda esperar que Del Bosque lo vea tan claro como nosotros, y que la Roja pueda beneficiarse del que seguro que será un grandísimo jugador de fútbol. De hecho, ya lo es.

Artículo publicado en dlgrada.es

domingo, 12 de octubre de 2014

El primer hat-trick de la historia

El diccionario de Oxford define un hat-trick como marcar tres goles en un solo partido y por un mismo jugador, pero estoy seguro de que si le preguntara a cualquier aficionado que me cruzara por la calle una definición, me diría la misma. Es curioso cómo hemos conseguido acoger la palabra inglesa hat-trick dentro de nuestros lenguajes futbolísticos sin apenas darnos cuenta, y más si analizamos su traducción literal.

Hat-trick literalmente significa truco de sombrero, pero entonces ¿cómo podemos haber asociado esa palabra a su homónimo español “triplete”? ¿Qué tendrá que ver un sombrero con el fútbol más allá de las míticas celebraciones de Joaquín en el campo del Betís? Para entenderlo debemos retroceder al primer hat-trick de la historia, que por cierto, no se consiguió en un campo de fútbol.

En 1858, durante un partido de cricket en el campo de Hyde Park, Sheffield, el jugador inglés H.H. Stephenson consiguió, por primera vez en la historia de dicho deporte, derribar los tres wickets –los palos que se usan en el cricket- con tres lanzamientos de bola consecutivos. Tras dicho partido, como era costumbre en las grandes gestas realizadas por un profesional, se llevó a cabo una celebración en la que se presentó a Stephenson con un sombrero comprado con las ganancias de dicho encuentro. Y desde entonces, en cricket a cada vez que un jugador conseguía dicha gesta se le conocía popularmente como hat-trick. No sería hasta 1878 cuando el término fue usado por primera vez de manera escrita, y de su popularidad fue acogido en diversos deportes, entre los que evidentemente se encuentra el fútbol.

Más que probablemente, Stephenson habría sido incapaz de imaginar que iba a pasar a la historia no sólo de su deporte, sino del que le arrebataría el puesto como deporte rey en su país y en el mundo. Cuando intentaba derribar los wickets del equipo contrario apenas estaría pensando en la posición del rival al defenderlos, o en el bote que daría la bola para sortearle y conseguir su objetivo. Y del mismo modo, a quien se le ocurrió presentarlo con un sombrero en la fiesta que se había celebrado en su honor tras el partido tampoco se le habría ocurrido que ese hecho podría ser algo más que un bonito detalle con su estrella. Pero el destino es así, y hoy en día la palabra hat-trick se asocia a los mejores goleadores de todos los tiempos.

El americano Bert Patenaude consiguió en su primera edición, Uruguay 1930, el primer hat-trick de la historia de los Mundiales de fútbol en el partido entre EEUU y Paraguay, y a él se han sumado con el paso del tiempo nombres como los de Eusebio, Pélé, Paolo Rossi o Gerd Müller –por partida doble- en materia de hat-tricks mundialistas. En la Champions League el primero en conseguirlo fue Juul Ellerman en el PSV-Zalgiris Vilnius, y actualmente Messi ya ha conseguido hasta cuatro –uno de ellos de cuatro y otro de cinco goles-. Y en la Premier League actual, Eric Cantona fue el encargado de estrenar esta categoría.


Nombres, nombres y más nombres de estrellas se siguen sumando año tras años a la lista de profesionales que se merecerían un buen sombrero en su fiesta post-partido. Pero sólo hay uno a quien de verdad recordaran por ello: al gran jugador de cricket, H.H. Stephenson.

Artículo publicado en dlgrada.es

sábado, 11 de octubre de 2014

La Roja nos necesita

No nos vamos a andar con rodeos en este artículo. Dada la gravedad de la situación, iremos directos al grano: la selección española de fútbol se encuentra en entredicho. Y lo que es más importante, su juego también lo está.

Tras el nefasto papel que jugó la Roja en el Mundial de Brasil siendo la primera selección eliminada de las 32 participantes, era evidente que había que analizar el porqué de semejante desastre, y que la confianza en los nuestros iba a sufrir un ligero traspiés. Pero las sensaciones que ha ido dejando en los siguientes encuentros no han conseguido tranquilizar a un país que está demasiado acostumbrado en los últimos años a que ganar sea un mero trámite.

La principal reflexión, unánime, fue que España necesitaba ya un cambio generacional. Por ser demasiado bueno, Vicente del Bosque había querido premiar a los Xavi, Villa y compañía con la disputa de un más que posible último mundial, siendo que probablemente ni por estado de forma ni por momentum fuesen los más indicados para intentar revalidar el título de campeón del mundo en un dificilísimo escenario como el de Brasil. Un premio que a mi entender es más que merecido por una generación que lo ha ganado todo en los últimos cuatro años, y que por qué no, podía hacer un buen mundial si recuperaba su mejor versión.

Los resultados los conocemos todos, y el cambio fue la solución. Para que nos hagamos una idea, entre la convocatoria que hizo Vicente para el Mundial de Brasil y la última para los partidos frente a Eslovenia y Luxemburgo, hay 9 caras nuevas. A la espera de la recuperación de Thiago y Jesé o la llamada definitiva de Isco, Valdés, Reina, Ramos, Xabi, Xavi, Mata, Villa, Torres y Javi Martínez, más de uno de ellos por lesión, han dejado su sitio a De Gea, Casilla, Carvajal, Bartra, Iturraspe, Rodrigo, Bernat, Raúl García y Alcácer. Casi nada.

Pero la idea de juego no se toca. Sin dudarlo, la Federación Española de Fútbol ofreció a Vicente del Bosque continuar en el puesto tras el desastre de Brasil porque entendían, y me sumo a ello, que es el más adecuado para realizar el cambio sin renunciar al estilo que ha definido los mejores éxitos de nuestra selección. Así que tras pensarlo bien durante sus vacaciones, Vicente decidió asumir el reto, y en estas nos encontramos. Con un grupo de personas en el que se está produciendo un cambio muy intenso, pero a las que se les exige los mismos resultados que a una generación irrepetible para la historia de nuestro país, y del mundo del fútbol entero.

Es cierto que el juego desplegado en partidos como los de Francia o Eslovenia no es el que queremos. Esas combinaciones de pases de un lado a otro para que la organización defensiva del equipo rival se descomponga y se pueda dar un pase vertical por el centro que provoque una acción de gol, no se da con la misma eficacia que hace un tiempo. Es lo más normal del mundo.

Una selección no puede jugar al mismo nivel con el mejor Xavi de la historia que sin él. Una selección no puede jugar al mismo nivel con el mejor Busquets de su carrera que con su versión actual. Una selección no puede jugar al mismo nivel con el mejor Iker de la historia, que con la versión desconfiada actual. Es tan simple como eso. Y si bien es también cierto que hay jugadores con calidad suficiente para intentar recuperar el nivel de esta selección, también lo es que necesitan un tiempo de adaptación al equipo –y del equipo a ellos como en el caso de Diego Costa- para que eso se produzca. Tiempo que en una selección, por las características de su formato, es más difícil que en un equipo.

Decía al principio del artículo que la situación es grave, y puede sonar dramático, pero cuando hablo de gravedad, me refiero a que se cuestione a una selección que consiguió dos Eurocopas y un Mundial en cuatro años. Y no me cansaré de repetirlo porque parece que a muchos se les haya olvidado que hace nada no conseguíamos pasar de cuartos ni a tiros, y ahora lo hemos ganado todo.

Por todo ello, si queremos conseguir que nuestra selección vuelva a luchar por los grandes éxitos como hizo hace nada, en calidad de número 12 del equipo, tenemos que saber jugar nuestro papel. Tenemos que tener un poco más de paciencia para que los resultados aparezcan mientras Vicente consigue encajar todas las piezas en su sitio y el juego vuelva a carburar. Para que hombres como Javi, Thiago y Jesé vuelvan de sus lesiones y suban el nivel competitivo, y que los Koke, Busquets o Isco encuentren su mejor versión. Pero sobre todo, paciencia para no juzgarlos premeditadamente.

Sé que para la prensa sensacionalista actual será difícil de llevar a cabo –ya hay encuestas circulando sobre quién podría ser mejor sustituto de Vicente…- pero nuestra selección nos necesita. Si todos aportamos nuestro granito de cordura a la situación, y con paciencia no dejamos de animar pese a los malos momentos, conseguiremos nuestro objetivo: la Eurocopa. Eurocopa, a la que por cierto, hay que llegar en buena forma en 2016. No ahora.

Ahora sólo hay que conseguir pasar de un grupo clasificatorio bastante asequible, y despacito y con buena letra todo llegará. Paciencia, y si no tenéis claro si confiar a ciegas en este bloque, confiad al menos en la persona que nos hizo llevar esa estrella dorada que tenemos en el pecho: Don Vicente del Bosque

Artículo publicado en tiempodelfutbol.blogspot.com