Francisco Román Alarcón Suárez,
más conocido como Isco. Quédense bien con este nombre porque en no mucho
estaremos hablando de uno de los mejores jugadores del mundo, y de una pieza
clave en el juego de nuestra selección.
Ayer, en el Santiago Bernabéu,
nada menos que contra el F.C. Barcelona, Isco demostró a todo el mundo que su
madurez como jugador ha llegado, y que lejos quedan aquellos días en los que se
le tachaba de tener el síndrome del superclase: talento con el balón en los pies,
cero esfuerzo en defensa. Así que para entender cómo ha llegado a este punto,
vamos a estudiar su evolución a lo largo de su carrera.
Nacido en Benalmádena en 1992, Isco
dio sus primeros pasos en el mundo del fútbol en la escuela de fútbol del
retamar, de donde se marchó al Atlético Benamiel para empezar a destacar. Fue
en el modesto equipo de su ciudad –cuyo primer equipo juega actualmente la
Primera División Andaluza- donde empezó a destacar, y con 14 añitos, Isco
recaló en la cantera valencianista. A los 17 años ya estaba en las filas del
Valencia Mestalla, equipo filial del conjuntó ché, y en el año 2011 consiguió,
junto con los Alcácer y Bernat, que el equipo volviera a la
Segunda División B tras un desliz que le hizo descender a Tercera dos años atrás.
A partir de ahí, la vida de Isco cambió.
Con el por entonces presidente
del Valencia, Manuel Llorente, alabando el juego del malagueño, Unai Emery se vio en la clásica
encrucijada de tener que darle minutos a una joven estrella porque afición y
jugador creen que los merece, pero en la que no confiaba tanto el técnico. Y no
porque Isco no tuviera la calidad para jugarlos. El de
Fuenterrabía, que de esto entiende un
poco, sabía que el proceso de evolución que necesitaba Isco para sacar todo el
potencial que tenía dentro no era ése, sino el de sumar algún minuto con el
primer equipo en Copa y seguir progresando en las filas del Valencia Mestalla. Mestalla
es de sobra conocida por exigirle incluso a veces demasiado a su equipo, y un
Valencia con esa terrible responsabilidad podía destrozar a un chico como él al
que aún le faltaba dar algún paso más en su juego para ganarse el dorsal del
primer equipo, y dicho dorsal pasaba probablemente por mejorar su faceta
defensiva.
Así, en el verano de 2011 el club
le ofrece un contrato a Isco que él no ve con buenos ojos, y
además llega a las oficinas de Mestalla una suculenta oferta del equipo de su
tierra, el Málaga F.C., que gracias a los petrodólares está dispuesto a pagar
su cláusula de rescisión de seis millones de euros y de darle una oportunidad
en el primer equipo bajo las órdenes del técnico Manuel Pellegrini.
En Málaga, Isco es feliz. Llegado de
un equipo filial como el Valencia Mestalla, Isco entiende su
mayoritaria suplencia en un equipo plagado de estrellas como Toulalan,
Van
Nistelrooy o Santi Cazorla, y se va ganando
poco a poco un hueco como jugador número 12 o 13. Ese año el Málaga firma una
gran campaña y consigue clasificarse para la Champions League, torneo que
encumbrará a Isco el año siguiente. Pero en la temporada 2012/13, el jeque Al
Thani se ve obligado a remodelar la estructura del equipo para
adecuarlo al fair play financiero de
la FIFA, y la situación genera cierta incertidumbre. Se producen salidas de
jugadores algo inexplicables, como la de Cazorla, y el panorama resultante en
el equipo es el idóneo para que Isco empiece a ganarse un puesto en
el once titular.
Pellegrini, un técnico
con una faceta humana extraordinaria, lejos de huir de esta situación, asumió
el riesgo y decidió hacer de su plantilla un equipo luchador, y de Isco
su estrella. Le dio el dorsal número 10, lo colocó como enganche, y más
liberado de sus tareas defensivas como gente como Iturra o Toulalán
por detrás, Isco explotó. En liga sus números fueron algo más discretos,
pese a jugar muchos partidos a gran nivel. Pero en Champions realizó una
campaña memorable, como quien sabe que el verdadero escaparate al mundo está
ahí y se guarda lo mejor para ese torneo. Como quien se dice a sí mismo: os voy
a enseñar quién es Francisco Román Alarcón. Con tres goles –y qué
goles- y cinco asistencias, sólo un Borussia Dortmund en fuera de juego fue
capaz de echar al equipo malagueño en cuartos de final del más alto torneo de
fútbol. Pero por si esto fuera poco, ese mismo año la FIFA le galardonó con el Golden Boy, y ese verano se salió en el
Europeo sub-21 que ganó España.
Su calidad era indiscutible, y es
entonces cuando un Florentino Pérez, que decidió invertir en producto nacional
ese año, fijó sus ojos en el malagueño y se lo trajo al Real Madrid por 35
millones de euros. Tenía por delante su mayor reto.
A la par que Isco, Ancelotti
aterrizaba en el banquillo del Real Madrid con la difícil misión de hacer
olvidar al portugués José Mourinho, y conseguir de una
vez la ansiada Décima para las vitrinas blancas. Y como todo entrenador que
llega a un club nuevo, probó esquemas y jugadores. En un principio, gracias a
las decisivas actuaciones de Isco con el gol de la victoria en el
debut liguero contra el Betis, o su doblete frente al Athletic, Carletto
decidió apostar por él como enganche en su 1-4-2-3-1, pero veía al equipo falto
de equilibrio. El equipo atacaba fenomenal, pero en defensa estaba partido y le
costaba más de un disgusto, así que reafloró su idea principal de jugar con un
1-4-3-3, y el damnificado fue el malagueño. Isco no conseguía hacerse
a la posición de interior porque es una posición en la que sus carencias
defensivas salían más a la luz, y ahí Di María era una bestia. Fue un duro
correctivo, pero que a la postre se ha convertido en su más valioso
aprendizaje.
La calidad de Isco
con el balón en los pies ha estado desde el Atlético Benalmádena fuera de toda
duda. En ataque siempre es una solución o la crea, tiene buen disparo, y de
hecho ha mejorado mucho también en su punto débil ofensivo: perder menos el
balón. Con ello Isco cubría su mayor carencia, que nunca se le había exigido
explotar al cien por cien. Siempre podía liberarse un poco de sus tareas
defensivas, siempre jugaba en posiciones que le pedían un mínimo esfuerzo
defensivo, y que podía cumplir sin problemas. Pero en el Madrid esa posición no
existía. En las bandas no había hueco: Cristiano Ronaldo y Gareth
Bale. Casi nada. De falso nueve probó alguna vez, pero al técnico no le
convencía ni su actuación ni la opción de jugar con esa figura, y la otra
opción que le quedaba se la había cargado Carletto al cambiar el esquema. Así
que si Isco quería jugar en ese equipo, y dar el penúltimo paso en la
evolución de su juego, no le quedaba otra: tenía que defender mejor.
Y así ha sido. Durante la pasada
campaña, Isco hizo un máster como interior fijándose en cómo jugaban Di
María y Modric, mientras que Ancelotti le corregía y ayudaba todo
lo que podía. Horas y más horas corrigiendo pequeños detalles, ligeros
movimientos tácticos. Pero sobre todo, un cambio de actitud radical en su
agresividad defensiva. En los partidos finales, Isco sumaba minutos de
interior con las rotaciones del técnico, y con ello experiencia para aprender y
seguir creciendo. Y la Final de Lisboa, en la que salió como revulsivo para
acabar ganando la Décima, fue una inyección de autoestima brutal. Tampoco se le
exigió demasiado defensivamente, pero ya se le notaba otro aire en su juego.
Más serio.
El resultado de toda esta
evolución, que se ha completado en lo que llevamos de temporada, lo pudimos ver
ayer. Ya contra el Liverpool en Anfield realizó un encuentro sensacional, pero
en el Clásico en el Bernabéu fue donde todo el mundo decidió ponerse de
acuerdo: este chico ha madurado. Si Alves se dormía con el balón, Isco
aparecía por su espalda y se lo quitaba. Si Marcelo subía demasiado
en un ataque, Isco hacía el esfuerzo y recuperaba su posición para que el
Madrid no se desangrara por su banda. Si Rakitic sacaba mal un córner, Isco
corría a la presión y su agresividad significaba un gol. Un verdadero recital
de lo que la posición de interior requiere, que sumado a su tremenda calidad
individual dio como resultado lo que todos pudimos ver.
Seguro que cuando Unai
ve a Isco
jugar ahora no tendrá ninguna duda: acerté al no subírmelo. Y desde luego no
debe entenderse como un acierto del conjunto ché –no tener a este Isco
es un fracaso en cualquier equipo del mundo-, sino como un acierto de un
entrenador que quiere lo mejor para sus jugadores. Éste es el Isco
que tenía que ser. No un Isco que jugase diez partidos bien
en Valencia por temporada, no. Un Isco que conquiste al Bernabéu con
su juego, y al mundo entero. Ahora solo queda esperar que Del Bosque lo vea tan
claro como nosotros, y que la Roja pueda beneficiarse del que seguro que será
un grandísimo jugador de fútbol. De hecho, ya lo es.
Artículo publicado en dlgrada.es