Llegó el día. Por fin, tras
romperme el Ligamento Cruzado Anterior, el Menisco Interno y hacerme un
esguince de Grado I en el Ligamento Lateral Interno hace dos años y dos meses,
he vuelto a jugar al fútbol. Y cómo lo he disfrutado.
Tenía muchas ganas de publicar
este artículo para cerrar una de las series más complicadas de escribir que he
hecho nunca. En cierta medida, las palabras que fui redactando sobre la lesión
me servían de desahogo. Como quien escribe una carta para quemarla, confiando
en borrar de sí mismo todo el sufrimiento que soporta. Con la certeza de que no
será así. Por eso, cuando he releído los demás artículos para escribir este
último, más de un escalofrío me ha recorrido el cuerpo. Y es que este artículo
tiene que empezar por la parte más dura de todas. La que cuenta por qué esta
serie dejó de escribirse. La que muchos ni se plantean y explica por qué he
tardado tanto en recuperarme: durante mucho tiempo, la lesión me venció.
Así es, amigos. Mi rodilla me
ganó la partida. O más que mi rodilla, mi cabeza. Pasaban los días de la
recuperación y los esfuerzos no eran fáciles de mantener. No porque no
estuvieran teniendo efecto, todo lo contrario. Con mayor o menor velocidad, mi
rodilla se estaba recuperando con acierto y cada día era capaz de hacer más
cosas. Pero había una idea que rondaba mi mente desde el primer minuto y que no
paraba de perseguirme. Era resistente, poderosa. Cada día que no la combatía,
crecía y ejercía su presión sobre mí: el miedo a la recaída.
Una lesión así es totalmente diferente en un futbolista profesional y uno aficionado
Mi situación no es la de un
jugador profesional que vive del fútbol y necesita recuperarse. Como para tantos
otros, el fútbol significa mucho para mí. Es una pasión que supera con creces
muchas otras de las que tengo. Cuesta explicarla, incluso. Pero hasta ahí. No
me da de comer, no me da un techo, sino que incluso pago mucho por seguir
viviéndola. Y en un momento en el que me iba a mudar de ciudad, terminaba la
universidad y empezaba a trabajar, dar el paso que hay entre hacer una
recuperación física y una recuperación futbolística completa era un esfuerzo
inmenso que además conllevaba el acercamiento a una posible recaída. Volver a
pasar por todo este proceso tan costoso y doloroso que sí sería un esfuerzo
inabordable para mí a estas alturas de mi vida. Con las más que probables
secuelas que tendría para mi salud en un futuro lejano. Por ahí se empezaba a
decantar la balanza.
Visto desde fuera puede sonar
simple. Es posible que lo sea. Pero visto desde dentro, la realidad no hacía
más que ofrecerle argumentos a mi miedo para que se instalara con comodidad. La
lesión del ligamento cruzado es una constante en cada temporada que vemos de
fútbol profesional. Su contundente tiempo de recuperación y su delicadeza hacen
que, además, sea una lesión tan mediática que siempre solemos recordar a los
jugadores que se han roto el cruzado. Nos cuesta saber si ese jugador que
vuelve tras tres meses se lesionó el sóleo o el bíceps femoral, pero cuando se
rompen el cruzado lo tenemos muy presente. Y aunque podría haber sonreído con
el ejemplo de aquellos que se recuperan con éxito, como Jesé o Soldado, no es
así. Te fijas en ellos un tiempo, quieres creer que esa es la norma, pero
después viene el mazazo. No es nada fácil recuperarse de esta lesión. Asenjo o
Rossi se rompen por tercera vez el cruzado y lo sufres como si fueras tú. Con
lo duro que es ver las imágenes y ni siquiera ver un mal gesto o un golpe.
Simplemente, pasa.
No saber cómo impedir la recaída es demoledor mentalmente
Ahí es donde entra en juego el
elemento más doloroso en todo este proceso que he pasado: la confusión. No
sabes cómo demonios evitar esa lesión y acabas de coger más boletos que la
mayoría por el simple hecho de haber caído una vez ya. Por ello, cobra una
importancia todavía mayor el proceso de recuperación.
Cuando la gente piensa en una
persona que se ha roto el ligamento cruzado, enseguida nos viene a la mente el camino
que, desgraciadamente, hemos visto repetido en muchas ocasiones. Al día
siguiente de la lesión, el jugador ha pasado por quirófano y empezarán los
archiconocidos seis meses de recuperación en los que progresivamente irá
mejorando el estado de su rodilla y acondicionará el cuerpo para evitar la
recaída. Cada esfuerzo de esos seis meses irá dedicado a esa recuperación. Se
le harán pruebas, contará siempre con la ayuda de profesionales y se medirá al
milímetro el estado de esa rodilla para recuperarla lo mejor posible. Y es
normal. Al fin y al cabo, es su profesión y hay un equipo que le necesita
cuanto antes. Pero los que no somos futbolistas profesionales no tenemos esa
suerte.
Como he ido diciendo a lo largo
de esta serie, el elemento que reina nuestra recuperación no es el esfuerzo,
que también está muy presente, sino la confusión. Y el miedo vive en esa duda. Cada
día haces esfuerzos por recuperar tu rodilla y en muchas ocasiones no sabes si
ese dolor que has sufrido al doblarla es bueno o es malo. Porque hay muchos
esfuerzos que conllevan dolor, pero que son necesarios en un proceso como éste.
Los propios médicos te lo van diciendo. Es un camino exigente. Pero esa línea
que hay entre el esfuerzo comedido y el excesivo es delgada, difícil de
controlar cuando estás tú sólo con tu rodilla. Y si has notado algo raro, no
puedes hacerte una resonancia para comprobar si todo sigue su curso
correctamente o no. Con lo delicada que es una lesión en esta articulación.
Pese a mi experiencia con las lesiones, sentí que ésta era muy diferente a las demás
Ahí es donde empecé a desconfiar
de mi proceso de recuperación. Ya he tenido otras lesiones, así que sé que hay
una serie de dolores que pueden ser más o menos frecuentes aunque estés
recuperado pero que no implican una recaída. Pero claro, esta lesión tiene su
fama. Y por ahí perdía parte de mi energía: por la cabeza. Después, por si mis
dudas fueran pocas, en uno de los días que acudí a pedir la opinión de mi
fisioterapeuta con un pequeño dolor me dijo que mis rodillas eran un poco más
laxas de lo común y que los giros iban a ser problemáticos. Llegó incluso a
aconsejarme que era preferible no jugar deportes con ese tipo de movimientos. Fue
un comentario que me pilló desprevenido, ya que nunca me había dado un solo
signo de duda en todo el proceso. En el momento en el que más dudas y miedos
acumulaba. Y ahí, justo ahí, mi lesión se llevó el partido.
Sumar esas palabras a todos esos momentos
que me habían hecho desconfiar me forzaron a tomar una decisión, y fue no
volver a jugar al fútbol. Recuperarme para poder hacer deporte con normalidad,
pero no mi deporte. Así de sencillo. Así de complicado. Fue un momento muy particular,
en el cual piensas muchas cosas. Pensé en lo que significaba jugar al fútbol
para mí, en todo lo que me aportaba, pero también en mi familia, en mi novia y
en todos aquellos que tendrían que hacer un gran esfuerzo en el caso de que me
volviera a romper el ligamento cruzado. Pensé en la nueva operación que tendría
que atravesar y en el proceso que volvería a vivir con más dudas y más
sufrimiento. Y con las altas probabilidades que tenía en mi cabeza de que eso
pudiera pasar de volver a jugar, así lo decidí. Me sentí débil por ceder ante
mis miedos y valiente por afrontar esa realidad. Fue un momento muy confuso y
difícil. Como lo sería para cualquier persona de 23 años que lleva jugando
desde los seis. Pasaron los meses y no volví a tocar un balón. Ni en una
pachanga. Por ellos, por mí. Por miedo.
Pero, como os he dicho, sí decidí
recuperarme para poder hacer deporte. No abandoné las sesiones de gimnasio,
sino que las espacié a lo largo de los días y conseguí recuperar una
musculatura decente. Y me dediqué a correr, tanto por mi cuenta como en las
magníficas carreras que se organizan en Madrid. Empecé con Madrid Corre por
Madrid, que fue muy especial por ser la primera vez que hacía deporte en un
marco semi-competitivo con más gente. Después vino otra carrera en Casa de
Campo. Y luego el Derbi de las Aficiones, Ponle Freno, San Silvestre,… Hasta mi
mayor hito: la Media Maratón de Madrid. Una sucesión de momentos que al
principio significaban mucho para mí, que aspiraban a devolverme esa ilusión
deportiva que sólo el fútbol había conseguido aportarme. Pero esa sensación de
haber perdido la batalla con mi rodilla seguía ahí. No iba a abandonarme hasta
que le venciera en su propio terreno. Y dos años y dos meses después, tras
varias oportunidades rechazadas por cobardía, decidí que era el momento de hacerle
frente.
Esa mañana de sábado en la que volví a jugar nunca la olvidaré
Probablemente no me creáis cuando
os diga que me puse muy nervioso por ir a jugar un torneo de fútbol sala entre
amigos. O que me costó dormirme la noche de antes. No sabemos lo que tenemos
hasta que lo perdemos, y yo sentí que había perdido el fútbol para siempre. De
verdad creía que mi miedo y mi rodilla no recuperada futbolísticamente iban a
ser dos losas insuperables. Pero me di cuenta que muchas veces el tamaño de
nuestros enemigos lo creamos nosotros mismos.
Era tan simple como aceptar una
de las invitaciones de mis amigos a jugar una pachanga, prepararme físicamente
unos días antes y coger el balón. Recuperar de un pase y un disparo esa
sensación especial que tenemos cuando jugamos al deporte que amamos. Aunque sea
una mañana de sábado frente a gente que no llegará nunca a ser profesional.
Tampoco lo haré yo. Porque no nos hace falta. No aspiramos a ello. Aspiramos a
sentir el cuero del balón en los pies durante todo el tiempo que nuestros
cuerpos aguanten para disfrutar del fútbol con nuestros amigos en todo su
esplendor. Y después tomar algo y seguir pasándolo en grande. No sé si volveré
a jugar en un equipo donde haya unos resultados que cumplir y unos esfuerzos que
exigir. También a nivel personal y de horarios es complicado. Pero cuando auné
la valentía suficiente vi que no podía resignarme a perder esos momentos. Esos
partidos entre amigos que no son nada y lo significan todo. Ése es nuestro
fútbol. Ésa es nuestra afición. Y eso es lo que he recuperado. Ojalá no volver
a perderlo nunca.


