Balón
a banda izquierda. Perdíamos 0-3 un partido en el que creía haberlo visto todo,
y el equipo se iba arriba en busca de la remontada. En una de tantas, nuestro
extremo perdió el balón por ser demasiado individualista, y salía el
Saint-Michel a la contra. Yo estaba de mediocentro defensivo, y por supuesto
sabía que tenía que parar ese contragolpe, así que fui directo hacia el rival.
Tras un rechace, el oponente consigue llevarse el esférico, y desde la banda
escucho con razón a mi entrenador: “Plus
séche!” (¡Más seco!). Corro tras él, le doy caza, pero tras conseguir
ponerme hombro con hombro y cargar, una
horrible sensación recorre mi cuerpo como un relámpago. No lo entendía, todo
mi cuerpo había conseguido cargar contra él.
¿Qué demonios ocurre? Y enseguida te das cuenta de lo que has oído, que
ya estás en el suelo gritando de dolor. Todo
mi cuerpo había conseguido cargar, sí. Menos mi rodilla izquierda. Crack.
En mi año de Erasmus en Bruselas me lesioné gravemente de la rodilla, pero segundos siguientes a la lesión no sabes si estás en el suelo gritando de dolor
o de miedo. Una nube de gente se arremolina a tu alrededor, y en tu cabeza aparecen
las imágenes de todos esos jugadores profesionales cuyas rodillas dijeron
basta, mientras te repites una y otra vez “Que
no sea grave, por favor, que no sea grave”. Y es que, al contrario que con
Jesé, Giuseppe Rossi o Falcao, la
sensación que predomina en el ambiente no es tristeza o abatimiento, es
confusión. En los estadios de las últimas categorías del fútbol no hay cámaras ni repeticiones que puedan aclarar
qué ha pasado. No hay expertos en fisioterapia, traumatología o medicina. Con
suerte, el padre de algún jugador es enfermero o médico, y puede ayudarte a
calmarte mientras intentan que la rodilla no se mueva demasiado en lo que llega
la ambulancia. Así que, por orgullo propio, tras conseguir incorporarme y
calmarme, comencé a probarme poco a poco, llegando incluso a subirme a la
ambulancia por mi propio pie. Muy desconcertante todo.
Llegué
al hospital y, pese a encontrarnos tan sólo dos personas en urgencias, la
parsimonia de los médicos fue exasperante. Estas tú, con tu rodilla que no deja
de crecer –al menos para ti-, echando cuentas de los meses que te vas a perder
y sin saber siquiera si es mejor que te acuestes boca arriba o boca abajo,
mientras los médicos hablan de las vacaciones que se van a tomar en Semana
Santa. Seré español, doctor, pero sé hablar francés. Lo único que hicieron fue tenerme en espera durante media hora, hacerme
una radiografía y decirme que no me había roto ningún hueso. Diagnóstico
que redondearon diciéndome que me tenía que hacer una resonancia para saber qué
ligamentos estaban afectados, la cual llevaba un mes de espera, y que me podía
marchar a casa andando. Por lo menos, les convencí de que no era capaz de andar
y se ofrecieron a venderme unas muletas con las que volver a casa.
Ahí
me esperaba mi novia, con la que me vine aquí durante el Erasmus, y junto a ella el
sofá, mi ordenador y el hielo; mis fieles compañeros durante los días
siguientes. Afortunadamente, la tengo a mi lado para hacerme más fáciles
los momentos más difíciles, y pude cumplir las 48 horas de reposo absoluto. Son
horas duras, en las que se produce una
lucha continua entre tú y tu rodilla para realizar las tareas más simples como
dormir, ducharte o ir al baño. Te repites una y otra vez que no es justo, que
no te mereces esa situación, analizando qué pudiste hacer distinto ese día para
que tu rodilla no pudiera aguantarlo, pero es en vano. Cuanto antes asumas que
no hay vuelta atrás, antes empezarás a superarlo.
Poco
a poco, la inflamación comenzó a bajar y ya me manejaba bien por casa con una
sola muleta. Avanzaban los días y cada
vez era capaz de hacer más cosas, pero no saber todavía qué me había pasado no
me dejaba tranquilo ni dos horas seguidas. Por lo que me dijeron los
médicos, manejaba una rotura de menisco o con suerte del ligamento lateral, que
comparados con el cruzado son un alivio. De hecho, la lesión del ligamento
lateral significaba no pasar por quirófano, así que me agarré con todas mis
fuerzas a ese clavo ardiendo, pero con tantas opciones sobre la mesa, decidimos
junto con mi familia que la mejor opción
era volver a España a que me realizaran una resonancia de manera más rápida.
Esto es, pagándola. Dos días después, previa aventura en el aeropuerto con la
asistencia especial, estábamos en casa.
Toda la familia preguntó por mi casi al
segundo de que aterrizara en casa, ante lo que sólo puedo dar las gracias de
corazón, así como los pocos amigos que sabían lo que me ocurrió, y con el
animómetro en mejores cifras fui a hacerme la resonancia. Fui al centro dónde
me la realizaron con cierta curiosidad, y tras los veinticinco minutos que
estuve ahí lo más quieto posible, la cara del médico que entró a informarme de
que podía vestirme me lo dijo todo. Aunque no están autorizados a decir nada
hasta el informe oficial, no pude resistirme a preguntarle que si había visto
algo o me podía adelantar un resumen del resultado y al escucharle fue mi cara
la que se transformó. Apenas una hora después, el informe confirmaba nuestros
peores presagios: rotura del Ligamento Cruzado Anterior, rotura del Menisco Interno y
esguince de Grado I del Ligamento Lateral Interno. A centímetros de la
conocida como Triada de O’Donoghue, o
Triada Desgraciada.
Fue
un jarro del agua más fría posible. Muy en el fondo era consciente de lo que
sentí en el momento de la lesión: el crack fue tremendo, pero nunca dejé de
confiar en que podría evitar el quirófano. Al fin y al cabo, la esperanza es lo
último que se pierde, pero perderla cuando me topé con la realidad de frente
fue muy doloroso. La lesión del
ligamento cruzado es muy especial si la comparas con cualquier otra porque este
ligamento no cicatriza con el tiempo. La operación consiste en hacer una
plastia con otro tejido e implantarlo en el lugar de la ruptura para que le
sustituya, dando como resultado un ligamento que no es el natural, al que le
vas a pedir la misma resistencia que al anterior. De ahí el altísimo grado de reincidencia de esta lesión, que sinceramente es
lo que más miedo me da.
Pero
en casos así es cuando tienes que obligarte a mirar el lado bueno de las cosas,
así que tal y como salí del centro llamé al doctor para informarle de lo
ocurrido, sabedor del camino en el que me iba a ver inmerso. Mi intención era
operarme lo antes posible para poder volver a Bruselas y acabar los exámenes
tranquilo, pero él me explicó que la
mejor manera de recuperarte de esta lesión era dejar que la inflamación bajase
y operarte al menos seis semanas después. Suponía seis semanas más de baja,
pero como mi participación en la Champions no estaba en peligro, decidí hacerle
caso y programamos la misma para finales de junio. Mientras tanto, mi obligación era recuperar la movilidad completa de la pierna poco a poco y ejercitar el
atrofiado cuádriceps que me quedó como daño colateral.
Todos
los trámites estaban hechos. Volvíamos a Bruselas con la sensación de que, pese
a todo lo desgraciado del asunto, estamos dando los pasos correctos, y de nuevo
con fiesta en el aeropuerto, estábamos de vuelta en la que para nosotros ya es
nuestra segunda casa. Los días que estamos pasando aquí ya van mejorando progresivamente.
He vuelto a andar, voy al gimnasio una hora cada día, y hasta me he permitido devolverle parte de las vacaciones de
Semana Santa que le fastidié a mi novia llevándola a Lovaina y de compras por
la capital belga. Nadie dijo que fuera a ser fácil, pero dando los pasos
correctos, con mucho cuidado, esfuerzo, y el apoyo de mis seres queridos,
conseguiré salir de ésta. Me lo he prometido.
Hoy, queda un mes menos para mi recuperación.