lunes, 4 de mayo de 2015

Un cruce en el camino - Capítulo I

Fuente: blaugranas.com


Balón a banda izquierda. Perdíamos 0-3 un partido en el que creía haberlo visto todo, y el equipo se iba arriba en busca de la remontada. En una de tantas, nuestro extremo perdió el balón por ser demasiado individualista, y salía el Saint-Michel a la contra. Yo estaba de mediocentro defensivo, y por supuesto sabía que tenía que parar ese contragolpe, así que fui directo hacia el rival. Tras un rechace, el oponente consigue llevarse el esférico, y desde la banda escucho con razón a mi entrenador: “Plus séche!” (¡Más seco!). Corro tras él, le doy caza, pero tras conseguir ponerme hombro con hombro y cargar, una horrible sensación recorre mi cuerpo como un relámpago. No lo entendía, todo mi cuerpo había conseguido cargar contra él.  ¿Qué demonios ocurre? Y enseguida te das cuenta de lo que has oído, que ya estás en el suelo gritando de dolor. Todo mi cuerpo había conseguido cargar, sí. Menos mi rodilla izquierda. Crack.

En mi año de Erasmus en Bruselas me lesioné gravemente de la rodilla, pero segundos siguientes a la lesión no sabes si estás en el suelo gritando de dolor o de miedo. Una nube de gente se arremolina a tu alrededor, y en tu cabeza aparecen las imágenes de todos esos jugadores profesionales cuyas rodillas dijeron basta, mientras te repites una y otra vez “Que no sea grave, por favor, que no sea grave”. Y es que, al contrario que con Jesé, Giuseppe Rossi o Falcao, la sensación que predomina en el ambiente no es tristeza o abatimiento, es confusión. En los estadios de las últimas categorías del fútbol no hay cámaras ni repeticiones que puedan aclarar qué ha pasado. No hay expertos en fisioterapia, traumatología o medicina. Con suerte, el padre de algún jugador es enfermero o médico, y puede ayudarte a calmarte mientras intentan que la rodilla no se mueva demasiado en lo que llega la ambulancia. Así que, por orgullo propio, tras conseguir incorporarme y calmarme, comencé a probarme poco a poco, llegando incluso a subirme a la ambulancia por mi propio pie. Muy desconcertante todo.

Llegué al hospital y, pese a encontrarnos tan sólo dos personas en urgencias, la parsimonia de los médicos fue exasperante. Estas tú, con tu rodilla que no deja de crecer –al menos para ti-, echando cuentas de los meses que te vas a perder y sin saber siquiera si es mejor que te acuestes boca arriba o boca abajo, mientras los médicos hablan de las vacaciones que se van a tomar en Semana Santa. Seré español, doctor, pero sé hablar francés. Lo único que hicieron fue tenerme en espera durante media hora, hacerme una radiografía y decirme que no me había roto ningún hueso. Diagnóstico que redondearon diciéndome que me tenía que hacer una resonancia para saber qué ligamentos estaban afectados, la cual llevaba un mes de espera, y que me podía marchar a casa andando. Por lo menos, les convencí de que no era capaz de andar y se ofrecieron a venderme unas muletas con las que volver a casa.

Ahí me esperaba mi novia, con la que me vine aquí durante el Erasmus, y junto a ella el sofá, mi ordenador y el hielo; mis fieles compañeros durante los días siguientes. Afortunadamente, la tengo a mi lado para hacerme más fáciles los momentos más difíciles, y pude cumplir las 48 horas de reposo absoluto. Son horas duras, en las que se produce una lucha continua entre tú y tu rodilla para realizar las tareas más simples como dormir, ducharte o ir al baño. Te repites una y otra vez que no es justo, que no te mereces esa situación, analizando qué pudiste hacer distinto ese día para que tu rodilla no pudiera aguantarlo, pero es en vano. Cuanto antes asumas que no hay vuelta atrás, antes empezarás a superarlo.

Poco a poco, la inflamación comenzó a bajar y ya me manejaba bien por casa con una sola muleta. Avanzaban los días y cada vez era capaz de hacer más cosas, pero no saber todavía qué me había pasado no me dejaba tranquilo ni dos horas seguidas. Por lo que me dijeron los médicos, manejaba una rotura de menisco o con suerte del ligamento lateral, que comparados con el cruzado son un alivio. De hecho, la lesión del ligamento lateral significaba no pasar por quirófano, así que me agarré con todas mis fuerzas a ese clavo ardiendo, pero con tantas opciones sobre la mesa, decidimos junto con mi familia que la mejor opción era volver a España a que me realizaran una resonancia de manera más rápida. Esto es, pagándola. Dos días después, previa aventura en el aeropuerto con la asistencia especial, estábamos en casa.

Toda la familia preguntó por mi casi al segundo de que aterrizara en casa, ante lo que sólo puedo dar las gracias de corazón, así como los pocos amigos que sabían lo que me ocurrió, y con el animómetro en mejores cifras fui a hacerme la resonancia. Fui al centro dónde me la realizaron con cierta curiosidad, y tras los veinticinco minutos que estuve ahí lo más quieto posible, la cara del médico que entró a informarme de que podía vestirme me lo dijo todo. Aunque no están autorizados a decir nada hasta el informe oficial, no pude resistirme a preguntarle que si había visto algo o me podía adelantar un resumen del resultado y al escucharle fue mi cara la que se transformó. Apenas una hora después, el informe confirmaba nuestros peores presagios:  rotura del Ligamento Cruzado Anterior, rotura del Menisco Interno y esguince de Grado I del Ligamento Lateral Interno. A centímetros de la conocida como Triada de O’Donoghue, o Triada Desgraciada.

Fue un jarro del agua más fría posible. Muy en el fondo era consciente de lo que sentí en el momento de la lesión: el crack fue tremendo, pero nunca dejé de confiar en que podría evitar el quirófano. Al fin y al cabo, la esperanza es lo último que se pierde, pero perderla cuando me topé con la realidad de frente fue muy doloroso. La lesión del ligamento cruzado es muy especial si la comparas con cualquier otra porque este ligamento no cicatriza con el tiempo. La operación consiste en hacer una plastia con otro tejido e implantarlo en el lugar de la ruptura para que le sustituya, dando como resultado un ligamento que no es el natural, al que le vas a pedir la misma resistencia que al anterior. De ahí el altísimo grado de reincidencia de esta lesión, que sinceramente es lo que más miedo me da.

Pero en casos así es cuando tienes que obligarte a mirar el lado bueno de las cosas, así que tal y como salí del centro llamé al doctor para informarle de lo ocurrido, sabedor del camino en el que me iba a ver inmerso. Mi intención era operarme lo antes posible para poder volver a Bruselas y acabar los exámenes tranquilo, pero él me explicó que la mejor manera de recuperarte de esta lesión era dejar que la inflamación bajase y operarte al menos seis semanas después. Suponía seis semanas más de baja, pero como mi participación en la Champions no estaba en peligro, decidí hacerle caso y programamos la misma para finales de junio. Mientras tanto, mi obligación era recuperar la movilidad completa de la pierna poco a poco y ejercitar el atrofiado cuádriceps que me quedó como daño colateral.


Todos los trámites estaban hechos. Volvíamos a Bruselas con la sensación de que, pese a todo lo desgraciado del asunto, estamos dando los pasos correctos, y de nuevo con fiesta en el aeropuerto, estábamos de vuelta en la que para nosotros ya es nuestra segunda casa. Los días que estamos pasando aquí ya van mejorando progresivamente. He vuelto a andar, voy al gimnasio una hora cada día, y hasta me he permitido devolverle parte de las vacaciones de Semana Santa que le fastidié a mi novia llevándola a Lovaina y de compras por la capital belga. Nadie dijo que fuera a ser fácil, pero dando los pasos correctos, con mucho cuidado, esfuerzo, y el apoyo de mis seres queridos, conseguiré salir de ésta. Me lo he prometido.

Hoy, queda un mes menos para mi recuperación.

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