Fuente: marca.com
Para mi fue en el tercer mes. Para otros sería en el segundo. Para
los futbolistas profesionales, a los pocos días de la lesión. El momento en el
que te ocurre no es universal, como ya he explicado en el primer capítulo de
esta experiencia, pero está claro que el
día en el que pasas por quirófano es un día difícil de olvidar.
Mi tercer mes lesionado del ligamento cruzado anterior y el
menisco interno empezó como terminó el segundo: estudiando para mis exámenes,
yendo al gimnasio el tiempo que podía y sin demasiada novedad, así que, con la
tranquilidad de haber aprobado todo, vamos a avanzar en la historia hasta el
momento de la operación.
Viernes 26 de junio. Hace apenas horas que había regresado de
Bruselas y ya estaba madrugando para ingresar en el hospital. Mi turno para
operarme era el segundo de la mañana, así que tenía que estar pronto en la habitación en ayunas, lo cual no fue un problema
porque pensaba en lo que se me venía encima y no me entraba nada. Las agujas y
yo nunca hemos sido buenos amigos, y los minutos antes de que me pusieran la
vía y el gotero mi tranquilidad brillaba por su ausencia, pero era consciente
de que había que hacerlo. No quedaba otra y como pude superé el mal trago. En
estas, a eso de las diez y media, encaraba el quirófano.
Enfrentarte a una
operación es como enfrentarte a un central alto y fuerte que juega en tercera
regional: sabes que a poco que vaya bien lo
superarás, pero que después del partido te dolerán todos los golpes que te dio.
A grandes rasgos, así es cómo viví yo mi operación. Cuando entré al quirófano
me dieron un calmante para afrontar mejor la inyección de la anestesia, y una
vez me durmieron la pierna empezaron a trabajar. De hecho, cómo teníamos
contactos con el anestesista, sin yo saberlo me dieron otro calmante más
potente que me hizo dormirme tal y como empezó la operación hasta despertarme
con la pierna ya vendada. Un trabajo de precisión milimétrica ante el que sólo
tengo elogios hacia los profesionales que han hecho posible que todo fuese bien
durante la operación.
Una vez operado, me trasladaron a una sala de recuperación junto a
otros pacientes. Cuando empieza a
pasarse el efecto de la anestesia es un momento delicado, más si estás dormido
de cintura para abajo, y casi seis personas estaban pendientes de que todos
lo superáramos con éxito. No fue del todo fácil, pero mirando a mi alrededor
enseguida me di cuenta de que no podía quejarme, y una hora después estaba de
vuelta en la habitación para descansar. Muchos os imaginaréis la habitación del
hospital y a Homer cuando juega con el botón de “cama arriba/cama abajo” –yo
mismo sonreí al fijarme antes de la operación-, pero en situaciones así pasa de
divertido a útil. Todo parecía ir sobre ruedas: el estómago se asentó rápido,
el drenaje no se complicó, y esa misma tarde me dieron el alta para que pudiera
seguir recuperándome en mi casa.
A partir de ahí viene lo verdaderamente duro. Si hubiese estado
afectado sólo el ligamento cruzado, la recuperación habría sido más cómoda,
pero al estar el menisco involucrado, las
instrucciones del médico fueron no apoyar el pie en tres semanas. En lenguaje
vulgar, muletas. Además de eso, una serie de antiinflamatorios, calmantes y una inyección diaria para evitar trombos
complementarían mi tratamiento, pero ni con todo ello se consigue evitar que
estos días sean incómodos. La posición adecuada de la pierna es más difícil de
encontrar que a Pirlo fallando un pase, y el ir a la ducha o dormir es peor aún
que cuando me lesioné porque ahora no hay una operación que arregle lo que se
dañe, El cuidado debe ser máximo. Terminas conociéndote todas las costuras de
tu sofá o el orden de los canales de la televisión como a tu mano misma, pero
no todo iba a ser malo. Estos días no te tienes que ocupar de nada que tu
familia y amigos te ayudan en todo lo que pueden, y me he librado de la ola de
calor que azota ahora mismo a Zaragoza.
Para terminar este mes, fui a la
primera revisión médica, en la que me dijeron que todo iba bien aunque aún
quedaba algo de derrame en la rodilla. Yo pensé que era algo normal, pero
cuando hablaron entre ellos de sacármelo con una aguja, mi sonrisa se desdibujó
dando paso a sudores fríos. Afortunadamente, los doctores me lo comentaron y
llegamos a la solución de esperar a la siguiente revisión, en la que me
quitarían los puntos de la rodilla, y así tratar de absorberlo naturalmente con
frío, reposo y antiinflamatorios. Me quitaron la inyección diaria, me cambiaron
el vendaje por uno más cómodo y quitando el tema del derrame, la principal
conclusión fue que todo iba bien. Sólo queda esperar a la próxima revisión, y
en cuanto me quiten los puntos empezará la verdadera fiesta: la rehabilitación. Todo siempre, con
optimismo y sacrificio.
Hoy, quedan tres meses menos para mi recuperación.

Acabo de leer toda tu historia de la lesión y md ha parecido muy bonita. Me ha encantado la forma de expresar como te sentias en cada momento. Espero que puedas sacar algo positivo de todo esto. Ojalá que tengas suerte y que sea una recuperacion rápida y poco dolorosa y que pronto vuelvas a jugar al fútbol
ResponderEliminarMuchas gracias por el apoyo. Me alegro que te haya gustado la historia, de verdad.
EliminarUn abrazo.