domingo, 10 de abril de 2016

Anoeta sigue decidiendo

En Barcelona tienen que tener la sensación de que quien diseña el calendario de la Liga siempre coloca la visita a San Sebastián en un momento de dificultad culé. Creo que no hará falta contar cuál fue ese momento en la temporada 2014/15 y lo que significó para Luis Enrique y sus hombres, y aunque en la presente el contexto sea bien distinto, la realidad es que se vuelve a dar esta circunstancia. Tras el parón por selecciones, el Barcelona no se ha encontrado consigo mismo sobre el terreno de juego. Los duelos frente a Real Madrid y Atlético de Madrid dan buena fe de ello, y ayer la Real Sociedad se empeñó en prolongar una temporada más su acierto frente al conjunto azulgrana, y así insistir en el bajón de forma azulgrana.

El conjunto de Eusebio Sacristán consiguió mediante un importante despliegue físico ejecutar a la perfección el plan que su técnico había diseñado para el encuentro, que consistiría en dos fases bien diferenciadas. En primer lugar, especialmente en los primeros diez minutos, cuando el Barcelona sacara el balón jugado desde bien atrás, los donostiarras presionarían su salida con intensidad y fe. Con Carlos Vela pendiente de orientar la presión entre los centrales, Oyarzabal y Xabi Prieto en bandas atentos al lado de la misma, y un interior encima de Sergio Busquets, la Real Sociedad consiguió que el Barcelona tuviera serias dificultades para conectar con sus hombres de arriba, e incluso con su novedosa pareja de interiores Rafinha-Arda Turan. Su altura tampoco ayudaba a una salida limpia, pero en las contadas ocasiones en las que la superaron consiguieron aprovechar los huecos que su rival dejaba atrás para poner en peligro los dominios de Gerónimo Rulli. Era un plan que estaba siendo efectivo, con cierto riesgo, que requería de un esfuerzo muy elevado de sus jugadores para mantenerlo, y que terminó a los pocos minutos de empezar gracias al gol de Mikel Oyarzabal.

El gol de la Real Sociedad les permitió centrar sus grandes esfuerzos en cerrar los huecos que pudieran ofrecer atrás

Tras el sensacional cabezazo del joven vasco, la presión alta se redujo a las ocasiones en las que el Barcelona retrasaba el balón hasta Claudio Bravo. Su convicción hacía que también así pusieran en problemas al líder de la Liga, con varios hombres generosos en la carrera para que sus esfuerzos no fueran en vano, pero la mayor parte del tiempo el equipo txuri urdin cerraba con muchos hombres atrás. Sin la presión tan alta de los primeros minutos, el triángulo Piqué-Busquets-Mascherano tenía mayores facilidades para avanzar con la pelota y el Barcelona era capaz de asentarse en campo contrario. Tampoco la Real Sociedad estaba incómoda. Si bien sus hombres de banda terminaban cerrando atrás ante la subida de Dani Alves y Sergi Roberto, el equipo estaba unos metros por delante de su área y estaban evitando que la posesión se tradujera en verdadero peligro de gol.

En este momento es cuando mejor pudimos observar los automatismos del Barcelona para atacar una defensa compacta, que le esperaba para hacerle daño al contraataque. Messi aparecía por dentro cuando Alves llegaba a zona de tres cuartos, pero esta vez no estaba en zona de Busquets sino más avanzado entre líneas y con Rafinha intentando conectarle en el partido. Era un triángulo que podría haber causado muchos problemas, pero el despliegue de Mikel Oyarzabal y de David Zurutuza redujeron mucho su impacto. Por el lado contrario, Neymar sí que entró mucho en contacto con el balón para crear ventajas desde su uno contra uno. Esteban Granero intentaba frenarle cuando venía al centro, aunque sin demasiado éxito, pero el tremendo trabajo de Asier Illarramendi en las ayudas y lo juntos que estaban sus compañeros volvían a suponer una reducción considerable del peligro de gol de sus acciones. Tampoco ayudó que tuviera a su lado a un lateral a pierna cambiada como Sergi Roberto ni que Munir fuera quien tuviera que luchar con Diego Reyes y Mikel González. El canterano, tan acertado en encuentros más abiertos, anoche naufragó en la guerra de trincheras que Eusebio diseñó.

No fue por no insistir por lo que el Barcelona terminó perdiendo los tres puntos de nuevo en Anoeta. Andrés Iniesta entró al descanso por Rafinha, reubicando a Arda en el interior derecho, y el manchego sí que fue capaz de inventar veinte minutos donde el gol de su equipo empezaba a olerse a base de balones a la espalda de la defensa desde el vértice del área. Pero fue en vano. Los defensas donostiarras y Gerónimo Rulli se deshicieron del peligro que las contadas ocasiones azulgranas les provocaban, y los duelos en el área apenas se tradujeron en ventajas para un equipo que estaba en inferioridad tanto numérica como física en esas situaciones. Después los locales se asentaron de nuevo sobre el terreno de juego, con contadas ocasiones de su rival que el meta argentino fue capaz de solventar, y San Sebastián volvió a dictar sentencia en una Liga que parecía acabada.


Por tercer partido consecutivo, el Barcelona pareció superado futbolísticamente en el césped por un equipo que no quiso el balón y que se dedicó a percutir por donde flojea últimamente el conjunto de Luis Enrique: en lo psicológico. Anoeta, las rotaciones y el recuerdo de los partidos pasados sirvieron para que un sistema que dificultó todo lo posible el gol culé les recordara que allá donde antes brillaron, ahora sufren. Sin duda en el peor momento de la temporada, al Barcelona le está costando meter goles. Veremos si el miércoles, con los titulares sobre el césped y ante un Atlético sin Fernando Torres, consiguen darle la vuelta a esta situación. O si no será demasiado tarde.

Artículo publicado en garrinchamagazine.com

Segundo Aviso

Cuando el sorteo de los cuartos de Champions League le deparó la suerte de enfrentarse al Barcelona, la reacción de los atléticos fue de resignación. Tampoco a los culés les gusto la noticia. El equipo del Cholo Simeone tiene un estilo de sobra conocido que ningún rival quiere tener enfrente por muy en forma que se encuentre, pero la sensación era que el Atlético de Madrid se había llevado la peor de las suertes. Quince días después, el eterno rival mutuo, el Real Madrid, cambiaba el estatus futbolístico de los de Luis Enrique para sin saberlo darle un arma competitiva muy poderosa a los colchoneros en su choque: hizo dudar a la MSN. Y si la MSN dudaba, Simeone podía comenzar.

Con Griezmann, Fernando Torres y Yannick Ferreira-Carrasco en el césped, el Atlético de Madrid plantó en el Camp Nou un equipo versátil para encontrar el sistema que mejor desactivara al Barcelona. De inicio, el equipo se situó con un 4-4-2 donde el belga ocupaba la banda izquierda y Saúl hacía lo propio en la derecha, con Gabi y Koke haciendo pareja en el centro del campo. Era el plan que les resultaba más familiar, y que ya había demostrado causar peligro a ese mismo rival en ese mismo escenario meses atrás, pero en esta ocasión Augusto no era de la partida, obligando a centrar a Koke y con Ferreira-Carrasco naufragando en sus ayudas a Filipe Luis. La presión ejercida sobre los de Luis Enrique para que salieran por bandas no estaba siendo efectiva. Si bien conseguían trabar esta fase del conjunto culé, el Barcelona conseguía provocar peligro desde los costados. Estaban consiguiendo superarla con más holgura de la que al técnico argentino le habría gustado y empezando a activar a su tridente, así que Simeone optó por cambiar al 4-5-1. Un sistema que de nuevo le ganó la partida a Luis Enrique, interpretado esta vez con unos tenores y un plan bastante diferentes a los de Zinedine Zidane días atrás.

Con el cambio de sistema, el Atlético neutralizó el peligro que estaba generando el Barcelona a tiempo

Recolocando a su alfil francés en la banda derecha y con sus tres peones entre él y el belga, la intensidad de la presión rojiblanca encontró un plan que la canalizara para poder hacer que el partido se jugara en el campo del Barcelona. Las líneas de pase que antes recorrían balones no excesivamente precisos por la presión colchonera se redujeron instantáneamente a contadas genialidades de Iniesta y Messi. Y lo que es más importante, los receptores de esos pocos pases que suponían cierto peligro nunca lo hicieron limpiamente. Siempre había un hombre del Cholo a su espalda atosigándole, con una mención especial a la labor de Filipe Luis sobre el astro argentino. El equipo consiguió repartir mucho mejor los espacios a la hora de defender, haciéndose más corto y cediendo metros a su espalda a un Barcelona que normalmente lo habría castigado con Luis Suárez y Neymar, pero que no encontraba cómo alcanzarlos. Con este movimiento, el tablero se inclinó hacia la portería de ter Stegen, pero por sí sólo no explica el excelso fútbol que el Atlético de Madrid desplegó hasta el minuto treinta y cinco. Sería injusto no hablar de la capacidad que demostró una vez más Yannick Ferreira-Carrasco para salir airoso de una conducción en cualquier circunstancia, o de la perseverancia de Saúl en sus duelos para llevarse un altísimo porcentaje de los rebotes. Por no hablar de la precisión de las combinaciones con Koke y Gabi en la parcela central ya fuera para superar la presión tras pérdida culé o para crear una ocasión de gol al borde del área. El Atlético de Madrid bordó el fútbol durante veinte minutos en los que hizo un gol, tuvo otras dos y pareció asestar un golpe definitivo a una confianza culé que hace cuatro días parecía eterna.

Primero Fernando Torres, y después el árbitro, se equivocaron para darle la vuelta al partido

Es imposible entender cómo cambió un encuentro que tenía controlado el equipo de Simeone por completo sin atender a la expulsión errónea de Fernando Torres. Él mismo se equivoca en la primera tarjeta que le muestran, llegando muy tarde a zancadillear a Neymar con el equipo bien armado a sus espaldas. Pero aquí queremos centrarnos en el fútbol, así que daremos por reproducido el giro del azar que en este caso sonrió a los culés, y seguiremos analizando el partido como si fuera simplemente eso. Un gesto azaroso. Lo que siempre debe ser el árbitro cuando se equivoca.

En inferioridad numérica, el Atlético tuvo que renunciar a su hombre en punta para pasar a un 4-5 que el Barcelona aprovechó adelantando descaradamente a sus hombres y sumando un central al ataque. Desde el minuto en el que se produjo la expulsión hasta el descanso, este acontecimiento consiguió frenar el dominio atlético pero no tuvo mayor incidencia que eso. Fue tras las correcciones tácticas de Luis Enrique al descanso cuando el Barcelona consiguió ser dueño y señor del partido. Ante un equipo sin novedades, Dani Alves y Jordi Alba pasaron a ser extremos permanentes, metiendo a Neymar y Rakitic junto a Luis Suárez en el área y con Andrés Iniesta y Leo Messi en la frontal tejiendo cada jugada de ataque. Sergio Busquets por su parte estaba detrás para dar continuidad al balón casi siempre acompañado del central del costado por donde estuvieran atacando, y con un rival encerrado y sin un punta que pudiera estorbarles, la presión tras pérdida no sufrió ni una fuga encerrando al Atlético en su área. Cuatro minutos le costó a los locales crear la primera gran ocasión de gol en este contexto, pero desde la misma se fueron sucediendo una detrás de otra sin que los de Simeone parecieran poder reaccionar a los golpes. Sólo les quedaba confiar en su solidez defensiva sumada a la más que posible pérdida de paciencia del Barcelona, y así lo hicieron. Sin éxito alguno.

Fue tal el descontrol que a los ocho minutos de la segunda parte el técnico atlético dio entrada a Augusto Fernández en lugar de Ferreira-Carrasco para devolver a Koke a la banda e intentar equilibrar de alguna manera el torrente de ocasiones que estaba generando su rival. Neymar, que torturó toda la noche a Juanfran, empezó con su particular recital de alternativas para sorprender a la defensa colchonera, y además estaba en un sector que no estaba defendiendo bien los balones colgados al área. En realidad, salvo Diego Godín, el Atlético de Madrid se mostró muy débil en esa clase de envíos, infundiendo cierto temor a un gol que se preveía cercano. Junto al brasileño, Messi e Iniesta se dedicaron a hacer justo lo mismo que su compañero y por más que lo intentaron, Augusto y Gabi cedían una y otra vez ante sus gestos de cintura y cambios de ritmo. No por ser habitual hay que obviar lo magníficos que son estos tres eligiendo constantemente una opción diferente en sus acciones para desorientar a las defensas. Y por si todo esto fuera poco, el Atlético defendió tan atrás que aún siendo Griezmann el hombre más adelantado del equipo, éste se situaba junto a Augusto y Gabi en el centro sin poder evitar que el Barcelona les girara una y otra vez. Fue cuestión de tiempo que ese ritmo frenético impuesto por los de Luis Enrique tuviera sus frutos y Luis Suárez en un rechace a un tiro de Jordi Alba ponía el 1-1 en el marcador. Ahí los gestos de los jugadores dejaron claro que sí habían sufrido con la derrota ante el Real Madrid. Sí habían dudado de si eran capaces de ganar cualquier partido que tuvieran. Sí se habían liberado de una carga psicológica que corría el riesgo de agrandarse pronto.

No fue Arda Turán, sino Rafinha la elección del técnico azulgrana para sustituir a Rakitic en esta ocasión, y en su mismo puesto dentro del área siguió el Barcelona percutiendo sobre la portería de Jan Oblak. No tuvo ni un segundo de respiro el Atlético, que sólo a partir de los saques de puerta y las faltas supo dar una brizna de aire a sus jugadores. Con su rival a toda vela, la máxima fue sobrevivir a la tormenta para mantener un resultado que les permitiera competir lo mejor posible en el Vicente Calderón, y aunque Luis Suárez se empeñó en doblar su apuesta goleadora, hicieron todo lo posible por resistir. Medio Godín intentaba por todos los medios que el agujero que estaba creando Neymar por su banda no fuera a más. Lucas Hernández se empleó a fondo haciendo gala de unas condiciones que no le corresponden todavía por edad para frenar al uruguayo y a quien se acercara por su parcela. Y Thomas Teye Partey a su entrada intentó compensar el físico que ya escaseaba en todos sus compañeros. Aunque el Barcelona siguió dominando el encuentro por completo, en parte entre todos consiguieron que el vertiginoso ritmo que había impuesto el conjunto culé tras el descanso aminorara lo suficiente como para no encajar el tercero. También dio la sensación de que la remontada fue suficiente para los locales, que parecieron no olvidar el valor doble de los goles fuera de casa tanto para esta ocasión como para la vuelta.

Sea como fuere, el partido terminó siendo bipolar, dejando ver de nuevo al vigente campeón doblegado ante un rival que supo contrarrestar su plan, y que en cambio vio como se marcha del Camp Nou con un resultado que no fue justo con el fútbol que desplegó en la primera mitad. Un resultado que tal vez a priori no habría desmerecido, pero que por seguro querrá hacer bueno en su estadio con una victoria que ha demostrado ser capaz de conseguir. Ello ante un rival que hará todo lo posible por desplegar el fútbol de esta segunda parte en un contexto de la mayor hostilidad imaginable.

Artículo publicado en garrinchamagazine.com

El Gran Gerrard

Gatsby creía en la luz verde, el futuro orgiástico que año tras año retrocede ante nosotros. Se nos escapa ahora, pero no importa, mañana correremos más, alargaremos más los brazos y llegarán más lejos… Y una buena mañana…

Jay Gastby fue uno de los pocos valientes que se atrevió a llevar hasta las últimas consecuencias una máxima que guiaba todos sus actos. Una regla muy simple, y a la vez tremendamente complicada. Un principio lógico, pero que puede hacer enloquecer al más cuerdo de los hombres: “si tienes claro tu objetivo, todos tus esfuerzos deben estar enfocados a conseguirlo”. Por eso su historia transcendió de entre todas las novelas. Por eso Jay Gatsby no fue un nombre cualquiera en su sociedad, ni en la nuestra. Por eso tampoco lo es el de Steven Gerrard.

Desde sus comienzos futbolísticos, Gerrard tenía claro lo que quería conseguir. No está claro si fue red de nacimiento o esta condición le sobrevino durante sus años en la escuela del Liverpool, pero tampoco sería Jay capaz de explicar si fue el destino o una casualidad la que le llevó a conocer a Daisy. Tampoco hace falta. El Liverpool entró en lo más hondo del corazón de Steven para no abandonarlo jamás, en una época muy dura para la entidad. Con la tragedia de Heysel (1985) aún en sus retinas, la afición del conjunto red sufrió otro doloroso revés causado por las noventa y seis personas fallecidas en la tragedia de Hillsborough (1989). El golpe fue especialmente profundo para el equipo, que pese a conseguir el título liguero en la temporada siguiente, vio como su entrenador Kenny Dalglish renunciaba al puesto en 1991 por las consecuencias del mismo, aún en la mente de todos. Desde entonces no la volvería a conseguir.

En esas se formaba el joven inglés, afianzando su deseo de llegar al primer equipo y volver a darle esas noches de gloria que Anfield empezaba a añorar. Daisy ya era una realidad en la cabeza de Gatsby. Estaba dispuesto a cualquier cosa por conseguir a su amada, hasta el punto de -como él mismo cuenta en su autobiografía- presionar al Liverpool con apenas diecisiete años para que le firmaran un contrato profesional, amenazando con irse al histórico rival de Manchester. Un año después, Steven Gerrard debutaba con la camiseta de su equipo ante el Blackburn Rovers. Perspicaz y aguerrido como él solo, Gatsby prosperaba en su plan para reconquistar a Daisy. Partido tras partido sumaba minutos y calidad a su fútbol, atrevido como él, para adquirir los galones que necesitaba en el equipo. Por el camino conquistó una Copa de la UEFA frente al Deportivo Alavés, que junto a sus grandes actuaciones en Inglaterra le consolidaba como uno de los mejores jugadores del momento. No fueron ni uno ni dos los gigantes del fútbol que tentaron a Gerrard con dejar Liverpool por cotas mayores, pero no apuestes en contra del corazón. Steven seguía pensando en Daisy día tras día. Año tras año. Y no pensaba parar hasta conseguirla.

Tras conseguir su ansiado estatus, todos querían asistir a las fiestas de Mr. Liverpool. Mientras el número ocho estuviera sobre el césped, Anfield creía en las posibilidades de los suyos para remontar cualquier adversidad. Los asistentes de cada partido, ilusionados, se preguntaban si serían tan afortunados como para verle ejecutar en vivo uno de esos golpeos de larga distancia que le caracterizaban, mientras disfrutaban de cada gesto regalado. Gerrard seguía agrandando su leyenda en Liverpool, hasta el punto en que Europa entera se rindió a sus pies en Estambul, cuando conquistó la Champions League tras remontar un 3-0 al Milán de Carlo Ancelotti participando en cada gol de su equipo. Se había ganado un lugar privilegiado en el olimpo red, y sin embargo sus ojos miraban embelesados la luz verde. Ese faro que ya tenía frente a su orilla, y que sin embargo era incapaz de alcanzar.

Vio tan cerca la oportunidad de ir a por ella, que en la temporada 2008/09 no lo dudó y realizó su primer gran intento. Rodeado de la inmensa riqueza que suponían hombres como Fernando Torres, Xabi Alonso, Javier Mascherano o Jamie Carragher, el capitán red ofreció su mejor versión para intentar recuperar a su amada de las manos del hombre que la tenía en ese momento, pero las catorce ocasiones consecutivas en las que mantuvo su portería a cero Edwin van der Sar, sumado al mejor partido de la carrera de Andréi Arshavin terminaron por frustrar este intento, y con él a su protagonista. No bastó con terminar como máximo goleador de su equipo, y como ya ocurriera antes con el propio Gerrard, las grandes fortunas llamaron a las puertas de Anfield para convertir lo que fue un bloque temible en un espejismo de lo que pudo ser.

Pero nuestro protagonista no iba a parar mientras le quedara aliento en el cuerpo. Gatsby sabía que si seguía el plan, Daisy se lo plantearía todo y podría dejar de obsesionarse con la luz verde que había en la orilla de enfrente. Si seguía dando esas fiestas en Anfield, sería cuestión de tiempo que su amada se sintiera impresionada como para asistir y poder reconquistarla. Su carisma seguía intacto. Aún había tiempo.

Tuvieron que pasar unos años difíciles trabajando duro para reconstruir su plan. Los entrenadores no terminaban de dar con la tecla, y el Liverpool sufrió de lo lindo para reencontrarse a sí mismo y poder disputarles los títulos a sus rivales. Rafa Benítez se fue tras fracasar en su intento de entrar en puestos europeos en la temporada 2009/10, y los problemas institucionales de las más altas esferas lastraron al equipo. Roy Hodgson primero y Kenny Dalglish después tampoco supieron devolverle al equipo su identidad, pero Gerrard todavía tenía fe. Su momento iba a llegar. Pasó a formar parte de la sala de mandos de los reds, y con la llegada de Brendan Rodgers la niebla por un momento le pareció menos densa. El inicio de su etapa no fue fácil, y los resultados no acompañaban, pero el capitán intuyó que el técnico iba por el camino correcto. El estilo podía encajar. Tendría una última oportunidad, y el tiempo lo confirmó.

La temporada 2013/14 comenzó ajena a la lucha que nos brindaría. Esclavos de nuestra experiencia, Londres y Manchester se antojaban como los destinos predilectos para un nuevo campeonato que arrancaba con la novedad de David Moyes en el banquillo del Manchester United. Sólo aquellos que tenían acceso a los entrenamientos del conjunto de Liverpool podrían haberse imaginado lo que se nos venía por delante. El boom futbolístico de Luis Suárez centró todas las miradas del planeta fútbol, y Anfield era un clamor. Gatsby tenía los actores para que sus fiestas fueran las mejores que había hecho hasta entonces. Raheem Sterling hacía malabares a la entrada, Coutinho servía las copas, el salón principal era para los trucos de magia de Daniel Sturridge, y la traca final la ponía el uruguayo encendiendo los fuegos artificiales. Daisy nunca estuvo más pendiente de la mansión Gatsby. La luz verde brillaba con una intensidad cegadora. Era el momento. Tras su agónica victoria frente al Manchester City en Anfield, Gerrard se encargó de hablar con sus hombres para que todos tuvieran claro el plan. Para él era ahora o nunca. Por fin se iba a llevar a la chica. Por fin el Liverpool volvería al lugar que le correspondía. Y a su espalda estremeció un “bang”.

Sin nada que poder hacer, el eterno ocho se fue al suelo de su propia mansión, y junto a él, su oportunidad de reunirse con Daisy. Demba Ba se plantó delante de Simon Mignolet y no falló, adelantando a su equipo en un golpe psicológico del que el Liverpool nunca se recuperó. El sistema defensivo de Mourinho hizo el resto, y con esa derrota se escapó el título. De nada sirvió confiar en que el Manchester City fallara en alguno de sus partidos, sin ser capaces siquiera de sacar su próximo encuentro adelante frente al Crystal Palace. Steven Gerrard no fue capaz de devolver al Liverpool a lo más alto de Inglaterra, y su corazón se paró.

El año siguiente no sirvió más que para confirmar este hecho. Al llegar a la mitad de la temporada, ese muchacho que tantas alegrías había dado a su grada, que tantas fiestas había montado en Anfield, que nunca dejó de creer en la luz verde, anunciaba su retirada a final de temporada. No era del todo así, ya que partía a Estados Unidos para dar sus últimos pases oficiales sobre un terreno de juego, pero para todos significaba su adiós. Steven Gerrard, Steve Gerrard o el Gran Gerrard, ponía punto final a su sueño con un desenlace que no estuvo a la altura de su leyenda. La luz del faro seguía ahí para atormentar al siguiente que habitara esa mansión. Por suerte, a su entierro no asistió sólo una persona, sino que esta vez sí, encumbrando su grandeza, el estadio se llenó para dar la despedida al mejor anfitrión que tuvo en mucho tiempo. Su última gran velada, emocionante como ninguna, que ha quedado ya para la historia de su equipo. Por siempre, el Liverpool. Por siempre, el de su corazón. 

Artículo publicado en garrinchamagazine.com