Cuando el sorteo de los cuartos de Champions League le deparó la
suerte de enfrentarse al Barcelona, la reacción de los atléticos fue de
resignación. Tampoco a los culés les gusto la noticia. El equipo del Cholo
Simeone tiene un estilo de sobra conocido que ningún rival quiere tener
enfrente por muy en forma que se encuentre, pero la sensación era que el
Atlético de Madrid se había llevado la peor de las suertes. Quince días
después, el eterno rival mutuo, el Real Madrid, cambiaba el estatus
futbolístico de los de Luis Enrique para sin saberlo darle un arma competitiva muy
poderosa a los colchoneros en su choque: hizo dudar a la MSN. Y si la MSN
dudaba, Simeone podía comenzar.
Con Griezmann, Fernando Torres y Yannick Ferreira-Carrasco en el
césped, el Atlético de Madrid plantó en el Camp Nou un equipo versátil para
encontrar el sistema que mejor desactivara al Barcelona. De inicio, el equipo
se situó con un 4-4-2 donde el belga ocupaba la banda izquierda y Saúl hacía lo
propio en la derecha, con Gabi y Koke haciendo pareja en el centro del campo.
Era el plan que les resultaba más familiar, y que ya había demostrado causar
peligro a ese mismo rival en ese mismo escenario meses atrás, pero en esta
ocasión Augusto no era de la partida, obligando a centrar a Koke y con
Ferreira-Carrasco naufragando en sus ayudas a Filipe Luis. La presión ejercida
sobre los de Luis Enrique para que salieran por bandas no estaba siendo
efectiva. Si bien conseguían trabar esta fase del conjunto culé, el Barcelona
conseguía provocar peligro desde los costados. Estaban consiguiendo superarla
con más holgura de la que al técnico argentino le habría gustado y empezando a
activar a su tridente, así que Simeone optó por cambiar al 4-5-1. Un sistema
que de nuevo le ganó la partida a Luis Enrique, interpretado esta vez con unos
tenores y un plan bastante diferentes a los de Zinedine Zidane días atrás.
Con el cambio de sistema, el Atlético neutralizó el peligro que
estaba generando el Barcelona a tiempo
Recolocando a su alfil francés en la banda derecha y con sus tres
peones entre él y el belga, la intensidad de la presión rojiblanca encontró un
plan que la canalizara para poder hacer que el partido se jugara en el campo
del Barcelona. Las líneas de pase que antes recorrían balones no excesivamente
precisos por la presión colchonera se redujeron instantáneamente a contadas
genialidades de Iniesta y Messi. Y lo que es más importante, los receptores de
esos pocos pases que suponían cierto peligro nunca lo hicieron limpiamente.
Siempre había un hombre del Cholo a su espalda atosigándole, con una mención
especial a la labor de Filipe Luis sobre el astro argentino. El equipo
consiguió repartir mucho mejor los espacios a la hora de defender, haciéndose
más corto y cediendo metros a su espalda a un Barcelona que normalmente lo
habría castigado con Luis Suárez y Neymar, pero que no encontraba cómo
alcanzarlos. Con este movimiento, el tablero se inclinó hacia la portería de
ter Stegen, pero por sí sólo no explica el excelso fútbol que el Atlético de
Madrid desplegó hasta el minuto treinta y cinco. Sería injusto no hablar de la
capacidad que demostró una vez más Yannick Ferreira-Carrasco para salir airoso
de una conducción en cualquier circunstancia, o de la perseverancia de Saúl en
sus duelos para llevarse un altísimo porcentaje de los rebotes. Por no hablar
de la precisión de las combinaciones con Koke y Gabi en la parcela central ya
fuera para superar la presión tras pérdida culé o para crear una ocasión de gol
al borde del área. El Atlético de Madrid bordó el fútbol durante veinte minutos
en los que hizo un gol, tuvo otras dos y pareció asestar un golpe definitivo a
una confianza culé que hace cuatro días parecía eterna.
Primero Fernando Torres, y después el árbitro, se equivocaron para
darle la vuelta al partido
Es imposible entender cómo cambió un encuentro que tenía
controlado el equipo de Simeone por completo sin atender a la expulsión errónea
de Fernando Torres. Él mismo se equivoca en la primera tarjeta que le muestran,
llegando muy tarde a zancadillear a Neymar con el equipo bien armado a sus
espaldas. Pero aquí queremos centrarnos en el fútbol, así que daremos por
reproducido el giro del azar que en este caso sonrió a los culés, y seguiremos
analizando el partido como si fuera simplemente eso. Un gesto azaroso. Lo que
siempre debe ser el árbitro cuando se equivoca.
En inferioridad numérica, el Atlético tuvo que renunciar a su
hombre en punta para pasar a un 4-5 que el Barcelona aprovechó adelantando
descaradamente a sus hombres y sumando un central al ataque. Desde el minuto en
el que se produjo la expulsión hasta el descanso, este acontecimiento consiguió
frenar el dominio atlético pero no tuvo mayor incidencia que eso. Fue tras las
correcciones tácticas de Luis Enrique al descanso cuando el Barcelona consiguió
ser dueño y señor del partido. Ante un equipo sin novedades, Dani Alves y Jordi
Alba pasaron a ser extremos permanentes, metiendo a Neymar y Rakitic junto a
Luis Suárez en el área y con Andrés Iniesta y Leo Messi en la frontal tejiendo
cada jugada de ataque. Sergio Busquets por su parte estaba detrás para dar
continuidad al balón casi siempre acompañado del central del costado por donde
estuvieran atacando, y con un rival encerrado y sin un punta que pudiera
estorbarles, la presión tras pérdida no sufrió ni una fuga encerrando al
Atlético en su área. Cuatro minutos le costó a los locales crear la primera
gran ocasión de gol en este contexto, pero desde la misma se fueron sucediendo
una detrás de otra sin que los de Simeone parecieran poder reaccionar a los
golpes. Sólo les quedaba confiar en su solidez defensiva sumada a la más que
posible pérdida de paciencia del Barcelona, y así lo hicieron. Sin éxito
alguno.
Fue tal el descontrol que a los ocho minutos de la segunda parte
el técnico atlético dio entrada a Augusto Fernández en lugar de
Ferreira-Carrasco para devolver a Koke a la banda e intentar equilibrar de
alguna manera el torrente de ocasiones que estaba generando su rival. Neymar,
que torturó toda la noche a Juanfran, empezó con su particular recital de
alternativas para sorprender a la defensa colchonera, y además estaba en un
sector que no estaba defendiendo bien los balones colgados al área. En
realidad, salvo Diego Godín, el Atlético de Madrid se mostró muy débil en esa
clase de envíos, infundiendo cierto temor a un gol que se preveía cercano.
Junto al brasileño, Messi e Iniesta se dedicaron a hacer justo lo mismo que su
compañero y por más que lo intentaron, Augusto y Gabi cedían una y otra vez
ante sus gestos de cintura y cambios de ritmo. No por ser habitual hay que
obviar lo magníficos que son estos tres eligiendo constantemente una opción
diferente en sus acciones para desorientar a las defensas. Y por si todo esto
fuera poco, el Atlético defendió tan atrás que aún siendo Griezmann el hombre
más adelantado del equipo, éste se situaba junto a Augusto y Gabi en el centro
sin poder evitar que el Barcelona les girara una y otra vez. Fue cuestión de
tiempo que ese ritmo frenético impuesto por los de Luis Enrique tuviera sus
frutos y Luis Suárez en un rechace a un tiro de Jordi Alba ponía el 1-1 en el
marcador. Ahí los gestos de los jugadores dejaron claro que sí habían sufrido
con la derrota ante el Real Madrid. Sí habían dudado de si eran capaces de
ganar cualquier partido que tuvieran. Sí se habían liberado de una carga
psicológica que corría el riesgo de agrandarse pronto.
No fue Arda Turán, sino Rafinha la elección del técnico azulgrana
para sustituir a Rakitic en esta ocasión, y en su mismo puesto dentro del área
siguió el Barcelona percutiendo sobre la portería de Jan Oblak. No tuvo ni un
segundo de respiro el Atlético, que sólo a partir de los saques de puerta y las
faltas supo dar una brizna de aire a sus jugadores. Con su rival a toda vela, la
máxima fue sobrevivir a la tormenta para mantener un resultado que les
permitiera competir lo mejor posible en el Vicente Calderón, y aunque Luis
Suárez se empeñó en doblar su apuesta goleadora, hicieron todo lo posible por
resistir. Medio Godín intentaba por todos los medios que el agujero que estaba
creando Neymar por su banda no fuera a más. Lucas Hernández se empleó a fondo
haciendo gala de unas condiciones que no le corresponden todavía por edad para
frenar al uruguayo y a quien se acercara por su parcela. Y Thomas Teye Partey a
su entrada intentó compensar el físico que ya escaseaba en todos sus
compañeros. Aunque el Barcelona siguió dominando el encuentro por completo, en
parte entre todos consiguieron que el vertiginoso ritmo que había impuesto el
conjunto culé tras el descanso aminorara lo suficiente como para no encajar el
tercero. También dio la sensación de que la remontada fue suficiente para los locales,
que parecieron no olvidar el valor doble de los goles fuera de casa tanto para
esta ocasión como para la vuelta.
Sea como fuere, el partido terminó siendo bipolar,
dejando ver de nuevo al vigente campeón doblegado ante un rival que supo
contrarrestar su plan, y que en cambio vio como se marcha del Camp Nou con un
resultado que no fue justo con el fútbol que desplegó en la primera mitad. Un
resultado que tal vez a priori no habría desmerecido, pero que por seguro
querrá hacer bueno en su estadio con una victoria que ha demostrado ser capaz
de conseguir. Ello ante un rival que hará todo lo posible por desplegar el
fútbol de esta segunda parte en un contexto de la mayor hostilidad imaginable.
Artículo publicado en garrinchamagazine.com
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