“Gatsby creía en la
luz verde, el futuro orgiástico que año tras año retrocede ante nosotros. Se
nos escapa ahora, pero no importa, mañana correremos más, alargaremos más los
brazos y llegarán más lejos… Y una buena mañana…”
Jay Gastby fue uno de los pocos valientes que se atrevió
a llevar hasta las últimas consecuencias una máxima que guiaba todos sus actos.
Una regla muy simple, y a la vez tremendamente complicada. Un principio lógico,
pero que puede hacer enloquecer al más cuerdo de los hombres: “si tienes claro
tu objetivo, todos tus esfuerzos deben estar enfocados a conseguirlo”. Por eso
su historia transcendió de entre todas las novelas. Por eso Jay Gatsby no fue
un nombre cualquiera en su sociedad, ni en la nuestra. Por eso tampoco lo es el
de Steven Gerrard.
Desde sus comienzos futbolísticos, Gerrard tenía claro lo
que quería conseguir. No está claro si fue red
de nacimiento o esta condición le sobrevino durante sus años en la escuela del
Liverpool, pero tampoco sería Jay capaz de explicar si fue el destino o una
casualidad la que le llevó a conocer a Daisy. Tampoco hace falta. El Liverpool
entró en lo más hondo del corazón de Steven para no abandonarlo jamás, en una
época muy dura para la entidad. Con la tragedia de Heysel (1985) aún en sus
retinas, la afición del conjunto red
sufrió otro doloroso revés causado por las noventa y seis personas fallecidas
en la tragedia de Hillsborough (1989). El golpe fue especialmente profundo para
el equipo, que pese a conseguir el título liguero en la temporada siguiente,
vio como su entrenador Kenny Dalglish renunciaba al puesto en 1991 por las
consecuencias del mismo, aún en la mente de todos. Desde entonces no la
volvería a conseguir.
En esas se formaba el joven inglés, afianzando su deseo de
llegar al primer equipo y volver a darle esas noches de gloria que Anfield
empezaba a añorar. Daisy ya era una realidad en la cabeza de Gatsby. Estaba
dispuesto a cualquier cosa por conseguir a su amada, hasta el punto de -como él
mismo cuenta en su autobiografía- presionar al Liverpool con apenas diecisiete
años para que le firmaran un contrato profesional, amenazando con irse al
histórico rival de Manchester. Un año después, Steven Gerrard debutaba con la
camiseta de su equipo ante el Blackburn Rovers. Perspicaz y aguerrido como él
solo, Gatsby prosperaba en su plan para reconquistar a Daisy. Partido tras
partido sumaba minutos y calidad a su fútbol, atrevido como él, para adquirir
los galones que necesitaba en el equipo. Por el camino conquistó una Copa de la
UEFA frente al Deportivo Alavés, que junto a sus grandes actuaciones en
Inglaterra le consolidaba como uno de los mejores jugadores del momento. No
fueron ni uno ni dos los gigantes del fútbol que tentaron a Gerrard con dejar
Liverpool por cotas mayores, pero no apuestes en contra del corazón. Steven
seguía pensando en Daisy día tras día. Año tras año. Y no pensaba parar hasta
conseguirla.
Tras conseguir su ansiado estatus, todos querían asistir
a las fiestas de Mr. Liverpool. Mientras el número ocho estuviera sobre el
césped, Anfield creía en las posibilidades de los suyos para remontar cualquier
adversidad. Los asistentes de cada partido, ilusionados, se preguntaban si
serían tan afortunados como para verle ejecutar en vivo uno de esos golpeos de
larga distancia que le caracterizaban, mientras disfrutaban de cada gesto regalado.
Gerrard seguía agrandando su leyenda en Liverpool, hasta el punto en que Europa
entera se rindió a sus pies en Estambul, cuando conquistó la Champions League
tras remontar un 3-0 al Milán de Carlo Ancelotti participando en cada gol de su
equipo. Se había ganado un lugar privilegiado en el olimpo red, y sin embargo sus ojos miraban embelesados la luz verde. Ese
faro que ya tenía frente a su orilla, y que sin embargo era incapaz de alcanzar.
Vio tan cerca la oportunidad de ir a por ella, que en la
temporada 2008/09 no lo dudó y realizó su primer gran intento. Rodeado de la
inmensa riqueza que suponían hombres como Fernando Torres, Xabi Alonso, Javier
Mascherano o Jamie Carragher, el capitán red ofreció su mejor versión para intentar
recuperar a su amada de las manos del hombre que la tenía en ese momento, pero
las catorce ocasiones consecutivas en las que mantuvo su portería a cero Edwin
van der Sar, sumado al mejor partido de la carrera de Andréi Arshavin
terminaron por frustrar este intento, y con él a su protagonista. No bastó con
terminar como máximo goleador de su equipo, y como ya ocurriera antes con el propio
Gerrard, las grandes fortunas llamaron a las puertas de Anfield para convertir
lo que fue un bloque temible en un espejismo de lo que pudo ser.
Pero nuestro protagonista no iba a parar mientras le
quedara aliento en el cuerpo. Gatsby sabía que si seguía el plan, Daisy se lo
plantearía todo y podría dejar de obsesionarse con la luz verde que había en la
orilla de enfrente. Si seguía dando esas fiestas en Anfield, sería cuestión de
tiempo que su amada se sintiera impresionada como para asistir y poder reconquistarla.
Su carisma seguía intacto. Aún había tiempo.
Tuvieron que pasar unos años difíciles trabajando duro
para reconstruir su plan. Los entrenadores no terminaban de dar con la tecla, y
el Liverpool sufrió de lo lindo para reencontrarse a sí mismo y poder
disputarles los títulos a sus rivales. Rafa Benítez se fue tras fracasar en su
intento de entrar en puestos europeos en la temporada 2009/10, y los problemas
institucionales de las más altas esferas lastraron al equipo. Roy Hodgson
primero y Kenny Dalglish después tampoco supieron devolverle al equipo su
identidad, pero Gerrard todavía tenía fe. Su momento iba a llegar. Pasó a
formar parte de la sala de mandos de los reds,
y con la llegada de Brendan Rodgers la niebla por un momento le pareció menos
densa. El inicio de su etapa no fue fácil, y los resultados no acompañaban,
pero el capitán intuyó que el técnico iba por el camino correcto. El estilo
podía encajar. Tendría una última oportunidad, y el tiempo lo confirmó.
La temporada 2013/14 comenzó ajena a la lucha que nos
brindaría. Esclavos de nuestra experiencia, Londres y Manchester se antojaban
como los destinos predilectos para un nuevo campeonato que arrancaba con la
novedad de David Moyes en el banquillo del Manchester United. Sólo aquellos que
tenían acceso a los entrenamientos del conjunto de Liverpool podrían haberse
imaginado lo que se nos venía por delante. El boom futbolístico de Luis Suárez
centró todas las miradas del planeta fútbol, y Anfield era un clamor. Gatsby
tenía los actores para que sus fiestas fueran las mejores que había hecho hasta
entonces. Raheem Sterling hacía malabares a la entrada, Coutinho servía las
copas, el salón principal era para los trucos de magia de Daniel Sturridge, y la
traca final la ponía el uruguayo encendiendo los fuegos artificiales. Daisy
nunca estuvo más pendiente de la mansión Gatsby. La luz verde brillaba con una
intensidad cegadora. Era el momento. Tras su agónica victoria frente al
Manchester City en Anfield, Gerrard se encargó de hablar con sus hombres para
que todos tuvieran claro el plan. Para él era ahora o nunca. Por fin se iba a
llevar a la chica. Por fin el Liverpool volvería al lugar que le correspondía.
Y a su espalda estremeció un “bang”.
Sin nada que poder hacer, el eterno ocho se fue al suelo
de su propia mansión, y junto a él, su oportunidad de reunirse con Daisy. Demba
Ba se plantó delante de Simon Mignolet y no falló, adelantando a su equipo en
un golpe psicológico del que el Liverpool nunca se recuperó. El sistema
defensivo de Mourinho hizo el resto, y con esa derrota se escapó el título. De
nada sirvió confiar en que el Manchester City fallara en alguno de sus
partidos, sin ser capaces siquiera de sacar su próximo encuentro adelante
frente al Crystal Palace. Steven Gerrard no fue capaz de devolver al Liverpool
a lo más alto de Inglaterra, y su corazón se paró.
El año siguiente no sirvió más que para confirmar este hecho. Al llegar
a la mitad de la temporada, ese muchacho que tantas alegrías había dado a su
grada, que tantas fiestas había montado en Anfield, que nunca dejó de creer en
la luz verde, anunciaba su retirada a final de temporada. No era del todo así,
ya que partía a Estados Unidos para dar sus últimos pases oficiales sobre un
terreno de juego, pero para todos significaba su adiós. Steven Gerrard, Steve
Gerrard o el Gran Gerrard, ponía punto final a su sueño con un desenlace que no
estuvo a la altura de su leyenda. La luz del faro seguía ahí para atormentar al
siguiente que habitara esa mansión. Por suerte, a su entierro no asistió sólo
una persona, sino que esta vez sí, encumbrando su grandeza, el estadio se llenó
para dar la despedida al mejor anfitrión que tuvo en mucho tiempo. Su última
gran velada, emocionante como ninguna, que ha quedado ya para la historia de su
equipo. Por siempre, el Liverpool. Por siempre, el de su corazón.
Artículo publicado en garrinchamagazine.com
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