Comienza una nueva temporada. Directiva y técnico se reúnen para analizar
el estado del equipo con la referencia en la pasada campaña, y deciden qué
áreas necesitan reforzar o qué estilo de juego quieren implantar. Durante cinco
semanas, los jugadores retoman sensaciones con el cuero, queman las cervecitas
de más que tomaron en Mykonos, y empiezan a asimilar cómo quiere el entrenador
que jueguen esta temporada. Ejercicios y más ejercicios. Entrenamientos y más
entrenamientos. Arranca la temporada y se sigue perfeccionando el estilo. Si
algo sale mal, al día siguiente se mejora a puerta cerrada. Si algo sale bien,
se refuerza para que los mecanismos fluyan. Siete días a la semana pensando en
el equipo. Diez meses a tiempo completo enfocados a unos objetivos.
Ahora, en un ejercicio de empatía, imagina que los objetivos
siguen ahí, pero que cuentas con cuarenta veces menos tiempo que un entrenador
de clubes. Tiempo que además se interrumpe constantemente. Bienvenidos a la
mente de un seleccionador nacional.
Entrenador y seleccionador son dos puestos similares y diferentes
en la misma proporción
En el mundo futbolístico contemporáneo el espectador no percibe la
diferencia de dirigir un equipo o una selección en toda su magnitud. De viernes
a lunes hay liga, de martes a jueves miramos a Europa, y de vez en cuando la
copa sustituye a alguno de los anteriores revolucionando el calendario. Pero en
fechas señaladas, un Griezmann contra Mustafi no es un Atlético-Valencia sino un
Francia-Alemania. Los archiconocidos parones internacionales. Un pequeño cambio
de chip para el aficionado, que al fin y al cabo se queda en eso, cambiando un
sábado de Chelsea-Crystal Palace por uno de España-Eslovaquia, pero el foco de
los problemas para Del Bosque, Sampaoli y compañía.
La temporada natural de un seleccionador dura el tiempo que
transcurre entre dos de las competiciones internacionales en las que competirá.
Por motivos ilustrativos, vamos a utilizar como estándar el tempo de las selecciones europeas, que
tienen siempre dos años entre Eurocopa y Mundial, o viceversa –con la excepción
de los agraciados con la Copa Confederaciones-. Esos dos años, al contrario de
lo que ocurre con los clubes, no son a tiempo completo sino que destellan una
intensidad de una etapa en una vuelta ciclista. Dos partidos en noviembre, uno
a finales de marzo, dos en julio y otros dos en septiembre son sólo una parte
del reto logístico al que se han enfrentado los seleccionadores en esta
clasificación para la Eurocopa 2016. En dos años habrán podido estar con una
plantilla, sempiternamente en movimiento, una media de cuatro meses siendo
benévolos, rodando el resto del tiempo en llano. Fase en la que se dedicarán a
analizar jugadores, ver partidos y confeccionar una plantilla con la que
jugarse el todo en los puertos de montaña. En una competición en la que tan
sólo dos derrotas pueden separarte de tu objetivo no hay mucho margen para
pruebas. Sólo tras ponderar el nivel del rival, el margen de puntos y la urgencia
del cambio, las selecciones que se lo pueden permitir aprovechan alguna cita
internacional para introducir pequeños aspectos futbolísticos en el equipo,
pero lo más parecido a la pretemporada que tendrá una selección vendrá en el
momento anterior a la competición internacional. Previos resultados, sí. Un
auténtico reto.
La mayor lucha de un seleccionador es contra el tiempo
En el fútbol hay una máxima: el total es mayor que la suma de las
partes. No basta con tener jugadores de calidad, colocarlos en un puesto y
echar a jugar. Hay que saber construir un grupo con ellos, y la selección no es
una excepción. El mejor camino para el éxito en cualquier deporte de equipo es
tener un grupo de personas que se apoyen, se complementen y se lleven bien. Un
vestuario unido. Por eso más de una vez sorprenden las listas de convocados
cuando se cae una superestrella, o cuando entra alguien sin tanta calidad o
recién salido de una lesión. Esa sorpresa es lo que necesita el grupo, no el
equipo. Nunca alcanzaremos a comprender la importancia de Pepe Reina en el
éxito de la Selección española, pero ese tipo de estímulos pueden ser más
importantes que los futbolísticos en un grupo donde el buen hacer con el balón
muchas veces se da por hecho, pero los choques entre jugadores son más corrientes.
Y también por ello, los seleccionadores tienden a confiar mucho en una serie de
jugadores –incluso en exceso a veces-, en detrimento de otros que puntualmente
podrían merecer ser convocados por su estado de forma. Si ya cuesta hacer piña
viendo a tus amigos cada tres meses, imagina lo que costaría si cada vez te
encuentras con unos distintos, a los que tal vez ni conozcas. La importancia
del grupo.
Pero no sólo en base a eso tiene que decidir un buen
seleccionador. Al margen de las relaciones humanas, la prioridad en la elección
debe ser el estilo del equipo. El esquema. El juego. No pocos han sido los
jugadores que han brillado en sus equipos y han naufragado en sus selecciones
–como también ocurre al contrario-. Guiados por el deseo de ilusionar a la
gente, muchos entrenadores intentan por todos los medios encajar sus estrellas en
el esquema dándoles un rol que no dominan, o encajándoles en posiciones en las
que tal vez demuestren su calidad, pero no su rendimiento. Cuántos aficionados
han pedido a Diego Costa los números que demostró en sus clubes, o combinar a
Lampard y Gerrard en el once inglés. Por muy mediáticos que sean, muchas veces
es inútil. O cambias el jugador, o cambias el estilo, porque sino lo que
cambiará serán los resultados, y a ver cómo le explicas a los londinenses que
su equipo no fue capaz de clasificarse para la Eurocopa de 2008 por detrás de
rivales como Croacia o Rusia. Con Beckham, Lampard, Gerrard y Rooney en sus
filas. Y por si fuera poco, aún acertando con las piezas y el puzzle, trastocar
las rutinas de los jugadores con viajes y entrenamientos a los que no están
acostumbrados puede tirar todo el trabajo por la borda. De hecho, este último
factor es decisivo en el temido Virus FIFA, encargado de que las relaciones
técnico-seleccionador sean aún más “distendidas” si cabe.
Si eres seleccionador y estás leyendo esto, tranquilo. Respira. Se
puede conseguir.
Pese a ello, no son ni una ni dos las selecciones que han
conseguido maravillar al mundo con su juego y se han alzado con Mundiales y
Eurocopas. La historia ha demostrado que existen una serie de combinaciones que
han ayudado a más de una selección a coronarse como campeona. La primera de
ellas, la que a todos nos viene a la cabeza: tener jugadores muy buenos.
Simple. Rotundo. Decidir partidos con una individualidad. Algo tan viejo como
el fútbol mismo. A ella le sigue otra que bien podríamos vincular con cierto
éxito a la anterior, con un matiz importante: no tener jugadores muy buenos,
sino grupos de jugadores muy buenos. No lo malentendáis, no es acumular
jugadores encuadrados en el primer caso. Estamos hablando de aprovechar un gran
grupo de jugadores que domina un estilo en su club, y si la nacionalidad nos lo
permite, traer esa dinámica a la selección. Así ocurrió en los recientes casos
de España y el FC Barcelona, y de Alemania y el Bayern de Munich, sin
desmerecer ni un ápice al resto de jugadores que dieron vida a los éxitos de
esas selecciones.
Ya desvinculada del núcleo de las opciones anteriores, no podemos
obviar una técnica con cierta reputación positiva, que se ha visto reflejada
particularmente en el Mundial de Brasil 2014. Hablamos de apostar por la
defensa como base. Construir la casa por los cimientos, no por el tejado. Así,
pudimos ver tanto a Costa Rica como a Holanda consiguiendo grandes progresos
con un esquema de cinco defensas, que adaptaban a las situaciones que el
partido les exigía, y que desarbolaba los ataques rivales. También Italia
consiguió darle buen uso en el Mundial del 2006. No es una receta segura de
éxito, pero si tienes menos tiempo para entrenar, quizás obtengas mejores
resultados. Y por último, siempre hay que tener en cuenta el carácter emocional
que impregna la elástica de tu selección. Servir a tu país. Guiadas por los
ánimos de una nación que tal vez no tuviera otro motivo de felicidad en ese
momento que el del balón traspasando la red, no han sido ni una ni dos las
selecciones que han conseguido grandes hazañas contra todo pronóstico y han
levantado títulos. Un rápido vistazo por el palmarés de la Copa África y su
hermana, la Copa Africana de Naciones, convencería al más agnóstico de la
importancia de la pasión como motor humano.
Son muchas las tendencias que uno puede observar si
estudia la historia de las selecciones, pero la realidad es que es imposible
abarcar toda la magnitud del fenómeno. Ni mucho menos ha sido nuestra intención
al escribir este artículo. Una individualidad puede rodearse del ecosistema
adecuado para fructificar o terminar marchitada en equipos que no le acompañen.
Un sistema defensivo tendrá que tener buenas transiciones ofensivas con hombres
capaces de ejecutarlas o de poco le servirá defender. Y España no tendría una
estrella en el pecho de no ser por el pie de Íker Casillas. Esa es la magia del
fútbol. Lo que sí podemos decir es que este deporte parece tener reglas
distintas para entrenador y seleccionador, por muy parecidos que nos parezcan.
Y en ellas deberíamos basarnos para medirlos. En ese ecosistema distinto, que
no peor, y que tanto les exige.
Artículo publicado en garrinchamagazine.com
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