miércoles, 14 de octubre de 2015

Ecosistema de un seleccionador

Comienza una nueva temporada. Directiva y técnico se reúnen para analizar el estado del equipo con la referencia en la pasada campaña, y deciden qué áreas necesitan reforzar o qué estilo de juego quieren implantar. Durante cinco semanas, los jugadores retoman sensaciones con el cuero, queman las cervecitas de más que tomaron en Mykonos, y empiezan a asimilar cómo quiere el entrenador que jueguen esta temporada. Ejercicios y más ejercicios. Entrenamientos y más entrenamientos. Arranca la temporada y se sigue perfeccionando el estilo. Si algo sale mal, al día siguiente se mejora a puerta cerrada. Si algo sale bien, se refuerza para que los mecanismos fluyan. Siete días a la semana pensando en el equipo. Diez meses a tiempo completo enfocados a unos objetivos.

Ahora, en un ejercicio de empatía, imagina que los objetivos siguen ahí, pero que cuentas con cuarenta veces menos tiempo que un entrenador de clubes. Tiempo que además se interrumpe constantemente. Bienvenidos a la mente de un seleccionador nacional.

Entrenador y seleccionador son dos puestos similares y diferentes en la misma proporción

En el mundo futbolístico contemporáneo el espectador no percibe la diferencia de dirigir un equipo o una selección en toda su magnitud. De viernes a lunes hay liga, de martes a jueves miramos a Europa, y de vez en cuando la copa sustituye a alguno de los anteriores revolucionando el calendario. Pero en fechas señaladas, un Griezmann contra Mustafi no es un Atlético-Valencia sino un Francia-Alemania. Los archiconocidos parones internacionales. Un pequeño cambio de chip para el aficionado, que al fin y al cabo se queda en eso, cambiando un sábado de Chelsea-Crystal Palace por uno de España-Eslovaquia, pero el foco de los problemas para Del Bosque, Sampaoli y compañía.

La temporada natural de un seleccionador dura el tiempo que transcurre entre dos de las competiciones internacionales en las que competirá. Por motivos ilustrativos, vamos a utilizar como estándar el tempo de las selecciones europeas, que tienen siempre dos años entre Eurocopa y Mundial, o viceversa –con la excepción de los agraciados con la Copa Confederaciones-. Esos dos años, al contrario de lo que ocurre con los clubes, no son a tiempo completo sino que destellan una intensidad de una etapa en una vuelta ciclista. Dos partidos en noviembre, uno a finales de marzo, dos en julio y otros dos en septiembre son sólo una parte del reto logístico al que se han enfrentado los seleccionadores en esta clasificación para la Eurocopa 2016. En dos años habrán podido estar con una plantilla, sempiternamente en movimiento, una media de cuatro meses siendo benévolos, rodando el resto del tiempo en llano. Fase en la que se dedicarán a analizar jugadores, ver partidos y confeccionar una plantilla con la que jugarse el todo en los puertos de montaña. En una competición en la que tan sólo dos derrotas pueden separarte de tu objetivo no hay mucho margen para pruebas. Sólo tras ponderar el nivel del rival, el margen de puntos y la urgencia del cambio, las selecciones que se lo pueden permitir aprovechan alguna cita internacional para introducir pequeños aspectos futbolísticos en el equipo, pero lo más parecido a la pretemporada que tendrá una selección vendrá en el momento anterior a la competición internacional. Previos resultados, sí. Un auténtico reto.

La mayor lucha de un seleccionador es contra el tiempo

En el fútbol hay una máxima: el total es mayor que la suma de las partes. No basta con tener jugadores de calidad, colocarlos en un puesto y echar a jugar. Hay que saber construir un grupo con ellos, y la selección no es una excepción. El mejor camino para el éxito en cualquier deporte de equipo es tener un grupo de personas que se apoyen, se complementen y se lleven bien. Un vestuario unido. Por eso más de una vez sorprenden las listas de convocados cuando se cae una superestrella, o cuando entra alguien sin tanta calidad o recién salido de una lesión. Esa sorpresa es lo que necesita el grupo, no el equipo. Nunca alcanzaremos a comprender la importancia de Pepe Reina en el éxito de la Selección española, pero ese tipo de estímulos pueden ser más importantes que los futbolísticos en un grupo donde el buen hacer con el balón muchas veces se da por hecho, pero los choques entre jugadores son más corrientes. Y también por ello, los seleccionadores tienden a confiar mucho en una serie de jugadores –incluso en exceso a veces-, en detrimento de otros que puntualmente podrían merecer ser convocados por su estado de forma. Si ya cuesta hacer piña viendo a tus amigos cada tres meses, imagina lo que costaría si cada vez te encuentras con unos distintos, a los que tal vez ni conozcas. La importancia del grupo.

Pero no sólo en base a eso tiene que decidir un buen seleccionador. Al margen de las relaciones humanas, la prioridad en la elección debe ser el estilo del equipo. El esquema. El juego. No pocos han sido los jugadores que han brillado en sus equipos y han naufragado en sus selecciones –como también ocurre al contrario-. Guiados por el deseo de ilusionar a la gente, muchos entrenadores intentan por todos los medios encajar sus estrellas en el esquema dándoles un rol que no dominan, o encajándoles en posiciones en las que tal vez demuestren su calidad, pero no su rendimiento. Cuántos aficionados han pedido a Diego Costa los números que demostró en sus clubes, o combinar a Lampard y Gerrard en el once inglés. Por muy mediáticos que sean, muchas veces es inútil. O cambias el jugador, o cambias el estilo, porque sino lo que cambiará serán los resultados, y a ver cómo le explicas a los londinenses que su equipo no fue capaz de clasificarse para la Eurocopa de 2008 por detrás de rivales como Croacia o Rusia. Con Beckham, Lampard, Gerrard y Rooney en sus filas. Y por si fuera poco, aún acertando con las piezas y el puzzle, trastocar las rutinas de los jugadores con viajes y entrenamientos a los que no están acostumbrados puede tirar todo el trabajo por la borda. De hecho, este último factor es decisivo en el temido Virus FIFA, encargado de que las relaciones técnico-seleccionador sean aún más “distendidas” si cabe.

Si eres seleccionador y estás leyendo esto, tranquilo. Respira. Se puede conseguir.

Pese a ello, no son ni una ni dos las selecciones que han conseguido maravillar al mundo con su juego y se han alzado con Mundiales y Eurocopas. La historia ha demostrado que existen una serie de combinaciones que han ayudado a más de una selección a coronarse como campeona. La primera de ellas, la que a todos nos viene a la cabeza: tener jugadores muy buenos. Simple. Rotundo. Decidir partidos con una individualidad. Algo tan viejo como el fútbol mismo. A ella le sigue otra que bien podríamos vincular con cierto éxito a la anterior, con un matiz importante: no tener jugadores muy buenos, sino grupos de jugadores muy buenos. No lo malentendáis, no es acumular jugadores encuadrados en el primer caso. Estamos hablando de aprovechar un gran grupo de jugadores que domina un estilo en su club, y si la nacionalidad nos lo permite, traer esa dinámica a la selección. Así ocurrió en los recientes casos de España y el FC Barcelona, y de Alemania y el Bayern de Munich, sin desmerecer ni un ápice al resto de jugadores que dieron vida a los éxitos de esas selecciones.

Ya desvinculada del núcleo de las opciones anteriores, no podemos obviar una técnica con cierta reputación positiva, que se ha visto reflejada particularmente en el Mundial de Brasil 2014. Hablamos de apostar por la defensa como base. Construir la casa por los cimientos, no por el tejado. Así, pudimos ver tanto a Costa Rica como a Holanda consiguiendo grandes progresos con un esquema de cinco defensas, que adaptaban a las situaciones que el partido les exigía, y que desarbolaba los ataques rivales. También Italia consiguió darle buen uso en el Mundial del 2006. No es una receta segura de éxito, pero si tienes menos tiempo para entrenar, quizás obtengas mejores resultados. Y por último, siempre hay que tener en cuenta el carácter emocional que impregna la elástica de tu selección. Servir a tu país. Guiadas por los ánimos de una nación que tal vez no tuviera otro motivo de felicidad en ese momento que el del balón traspasando la red, no han sido ni una ni dos las selecciones que han conseguido grandes hazañas contra todo pronóstico y han levantado títulos. Un rápido vistazo por el palmarés de la Copa África y su hermana, la Copa Africana de Naciones, convencería al más agnóstico de la importancia de la pasión como motor humano.

Son muchas las tendencias que uno puede observar si estudia la historia de las selecciones, pero la realidad es que es imposible abarcar toda la magnitud del fenómeno. Ni mucho menos ha sido nuestra intención al escribir este artículo. Una individualidad puede rodearse del ecosistema adecuado para fructificar o terminar marchitada en equipos que no le acompañen. Un sistema defensivo tendrá que tener buenas transiciones ofensivas con hombres capaces de ejecutarlas o de poco le servirá defender. Y España no tendría una estrella en el pecho de no ser por el pie de Íker Casillas. Esa es la magia del fútbol. Lo que sí podemos decir es que este deporte parece tener reglas distintas para entrenador y seleccionador, por muy parecidos que nos parezcan. Y en ellas deberíamos basarnos para medirlos. En ese ecosistema distinto, que no peor, y que tanto les exige.

Artículo publicado en garrinchamagazine.com

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