domingo, 4 de octubre de 2015

Un cruce en el camino - Capítulo V


Cinco meses me ha costado. Sesiones y más sesiones de fisioterapia estirando y doblando, masajeando y desinflamando, sufriendo y trabajando. Pero ya lo puedo decir. Hoy dejo las muletas. Hoy vuelvo a andar. Qué sensación.

Aquellos que conocéis mi historia completa sabréis que los cinco meses tienen truco. Como recordaréis, la operación no llegó hasta el final del tercer mes, por lo que en este viaje mis amigas sólo me han acompañado durante dos–julio y agosto-. Pero eso no quita que me lesionara el 4 de abril y que sea hoy cuando vuelvo a andar para no dejar de hacerlo más. Uno de los mejores ejemplos de la diferencia que hay entre la recuperación de un profesional y la de un aficionado. No ha sido hasta el final de este mes cuando entre el fisio y yo hemos decidido que era el momento de echar a andar sin apoyo alguno. Antes, la diferencia era pequeña ya que la maestría que había adquirido para andar con una muleta hacía que el ojo ajeno no supiera si la llevaba por necesidad o por placer. Pero psicológicamente dejar a un lado las muletas es un avance vital. Un premio a la dedicación.

La insistencia de los fisioterapeutas en estirar la pierna me dio más de un momento doloroso, pero con paciencia y repetición el resultado no ha podido ser mejor. Si bien aún ando un poco cojo porque mi cabeza necesita adaptarse al cambio, estoy convencido de que en cuestión de días la normalidad volverá a mi vida. Insisto mucho en los aspectos psicológicos de la lesión porque son los que menos podemos ver cuando seguimos la evolución de Jesé o Granero, pero desde mi experiencia sé que son los más importantes. La constancia, el saber sufrir, la paciencia. Todos ellos terminarán por determinar la fecha y las condiciones en las que salgas de esta lesión. En este caso, ese aspecto estriba en la precaución con la que ando para evitar malos gestos o dolores. Así, mis pasos no son los de una persona normal, o al menos de una manera constante. El doctor insiste en que ande más erguido, olvidándome de la rodilla y levantando más la punta del pie para dar el paso que damos todos al caminar, pero mi cerebro aún necesita esos pocos días de aclimatación. Por lo demás, seguimos estando en plazo.

Un buen truco que utilicé para mejorar el movimiento de mi rodilla tuvo que ver con la bicicleta estática. Para poder usarla, según palabras de mi propio fisioterapeuta, una persona debe poder doblar la rodilla en torno a ciento diez grados, pero cuando empiezas a doblar noventa grados o más puedes usarte de ella para avanzar. Siguiendo sus indicaciones, me coloqué en ella estando apagada, y con cuidado usaba los pedales para avanzar y retroceder hasta donde me dejara mi articulación. Al principio no conseguía dar ni una vuelta, pero en cuestión de minutos empecé a ver la diferencia. En un descuido de mi propia precaución –demostrando una vez más que lo psicológico te acompaña durante todo el camino-, la pierna se me “escapó” y en un movimiento que me pareció más brusco de lo que fue, conseguí dar por primera vez un par de pedaladas completas. Mi cuerpo no adoptaba un gesto corriente, pero de nuevo mi cerebro aprendía que ese límite estaba ya superado.

Los ejercicios que he realizado durante este mes tienen mucho que ver con los que hice el mes pasado. Hasta la tercera semana, consistieron en insistir para estirar y doblar mejor. Todo avance en esos momentos previos evita un esfuerzo cuadruplicado más adelante para compensarlo, así que me pareció buen trato. Pasada dicha semana, en la recta final del mes, mi rutina empezó a enriquecerse cuando me instaron a hacer otras cosas. Como entiendo que es lo más interesante didácticamente de este mes, aquí os dejo la lista de ejercicios que hacía:

  • 8 series de 12 repeticiones de prensa con ambas piernas (incluso sólo con la lesionada cuando mejoré).
  • 3 series de 12 repeticiones poniéndome de puntillas para los gemelos.
  • 3 series de 30 repeticiones cambiando el peso de una pierna a otra en estático de pie.
  • 6 series de 8 repeticiones en las que la pierna lesionada estaba encima de un pequeño peldaño y, apoyado en una barandilla, subía y bajaba.
  • 8 series de 25 repeticiones con un peso de un kilo en la pierna mala, sentado en una silla y levantándola hasta estirar.
  • 6 series de 12 repeticiones de isquiotibiales en la misma silla pero ahora partiendo de tener la pierna estirada y venciendo una resistencia hasta doblar.
  • 3 series de 20 sentadillas agarrado a una cuerda para no cargar tanto peso.
  • 10 minutos de remo.            
A veces más, a veces menos, pero esos eran los ejercicios que componían mi rutina. Conforme vaya avanzando ya me han avisado de que incluiré alguno más, pero el núcleo duro de las sesiones lo formaban esos ocho. Casi todos con una doble funcionalidad: estirar y muscular. Los primeros días se enfocaban más al primero de esos dos objetivos, pero una vez venza ese problema, todo se centrará en recuperar la fuerza que esta lesión engulle tan fulminantemente. Una fuerza, que hay que compensar con la más importante de todas. La fuerza mental. El esfuerzo más grande de la recuperación, que ya está dando sus primeros frutos.

Hoy, quedan cinco meses menos para mi recuperación.

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