El ex-seleccionador chileno, Jorge Sampaoli, contaba hace unos
días en una entrevista a un medio de su país una anécdota que le ocurrió en el
pasado Mundial de Brasil con uno de los técnicos a los que tuvo que
enfrentarse. Seis meses antes del planetario torneo que aguardaba, en el
autobús que les llevaba a todos al sorteo de los grupos, una persona se le
quedó fijamente mirando desde la otra punta del mismo. Cuando el seleccionador
se percató, esa persona fue hacia él y le dijo: “Te va a tocar conmigo, pero yo
no soy ni Inglaterra ni Alemania, yo te voy a ganar”. Minutos más tarde, el
sorteo les puso en el mismo grupo a sus dos selecciones, y el día en que se
enfrentaron en el Arena de Sao Paulo el combinado chileno salió derrotado por
0-2. La selección contra la que perdió era Holanda, y su técnico Louis van
Gaal. Al darse la mano al final del partido remató la obra con un “¿Ves? Te iba
a ganar”.
"Aunque es una
vida difícil, me gusta ser entrenador"
La profesión de entrenador siempre ha sido dura, muy criticada, y
cada cual la afronta con sus propias armas. Una corriente más bien extendida es
aquella que podríamos denominar cordialismo,
caracterizada por guardar el máximo respeto tanto por rivales como por
árbitros, y especialmente por la prensa. Hay que evitar siempre criticar la
labor arbitral porque las decisiones están tomadas y en ningún caso vas a
conseguir nada positivo. El rival es ante todo complicado, no hay partido
fácil, y cuando la prensa se empeña en ponerte en entredicho tu papel es
aguantar el chaparrón y responder en el campo, nunca ante micrófonos. Pero hay
un selecto grupo de entrenadores, unos pocos incomprendidos que aunque les
encantaría poder encajar en esta corriente, su incontenible carácter les
traiciona a menudo y muestran a un mundo cada vez más mediatizado una versión
de sí mismos que les choca y la rechazan. Cuando en realidad les encanta.
Llamaremos a esta corriente anticordialismo,
aunque para el público en general son más bien los villanos del fútbol.
Los anticordialistas gozan de una característica que les aventaja
frente a sus compañeros de profesión cordialistas, y no es otra que su carisma.
No es la prensa la única que experimenta su genuina personalidad, sino que
precisamente ellos son los últimos en constatarla. Cada entrenamiento con un
técnico diferente es único para los jugadores, pero con un anticordialista la
experiencia es todavía más singular. Les seducen desde la primera charla, desde
el primer matiz táctico que introducen, porque los jugadores saben que la etapa
que se avecina será especial sólo por el hecho de contar con un villano, y que
en cualquier momento él robará la luna y el show comenzará. Y si después
necesitan la Torre Eiffel, puede que sea la de Las Vegas, pero el día siguiente
la tendrán en el vestuario. Saben que él es capaz de cualquier cosa, pero que
si la roba es por ellos, porque sus esbirros lo necesitan. Con el simple hecho
de sumarse a su causa, todo ese carácter estará a su plena disposición. Aunque
lo que puede ser una ventaja frente a sus compañeros de profesión, puede
también ser un arma de doble filo.
Como sus compañeros villanos, Louis van Gaal siempre ha tenido
problemas para hacerse con los vestuarios que ha dirigido. Sus experiencias en
Barcelona, Munich y Manchester dan buena cuenta de ello. Cuando el técnico
holandés aterriza en un vestuario, su personalidad y su innegociable manera de
ver el fútbol suelen provocar una colisión con las ideas de sus hombres si no
están familiarizados con él o con su estilo. Especialmente si la resistencia la
encuentra en los pesos pesados del club. Mientras él intenta reconducir el
impacto del choque, el también inicial escepticismo de los directivos seguirá
retando su integridad, e incluso la afición se impacienta si los resultados no
llegan –que siempre le han costado al inicio-. Es un caldo de cultivo
complicado, pero cotidiano para él. Y años después del final de sus etapas en
sus respectivos clubes, todos agradecen su paso.
“Cuando llego a
un nuevo club, hablo con cada jugador de su demarcación, de su personalidad,
del equipo y de cómo interactúa con sus compañeros. A Bastian le dije: ‘Creo
que debes colocarte en el centro del campo”
Cuando un club contacta con el técnico holandés, su intención no
es ganar la próxima Champions League ni su respectiva liga nacional. Huelga
decir que cualquier éxito será bienvenido, pero no es ese el propósito primero de
su contratación. Cuando Louis van Gaal llega a un club es para crear una
estructura a todos los niveles que le permita crecer en el medio plazo como
entidad futbolística y competitiva. Es un maestro en este arte. Crea planes de
entrenamiento, coordina niveles del club, y redirige carreras. Así es cómo
Philipp Lahm y Bastian Schweinsteiger despegaron realmente, con los matices y
los cambios de posición que su particular anticordialista les había regalado.
También Arjen Robben y Franck Ribery le deben parte de su posición futbolística
actual al bueno de Louis. Sin duda, su paso por el club bávaro fue uno de los
más fructíferos en este sentido.
En las ruedas de prensa y entrevistas pudiera parecer que Louis
vive por y para destruir un mundo que no le entiende y que no le permite
triunfar al ritmo que a él le gustaría. Sin duda le motiva, pero si hay una
verdadera razón por la que todos recuerdan a van Gaal, esa es la cantera. Un
día le presentaron a sus tres niñas, y desde entonces su principal éxito ha
sido cuidarlas y criar cuantas más jóvenes promesas fuera capaz. Su capacidad
de no sólo atisbar, sino gestionar el talento joven es la mejor herencia que ha
dejado en cada club que ha pisado. Potenciar la cantera es uno de los pilares
de su reorganización estructural del club, y su control absoluto de cada
centímetro del club reserva un papel predominante para los jugadores de las
categorías inferiores.
"Formar a los
jugadores, hacerles progresar, es una satisfacción"
En su primer gran reto, el Ajax de Ámsterdam, tres nombres ya
clásicos del futbol mundial jugaban sus primeros minutos en el equipo senior de
las manos del ahora técnico del Manchester United: Patrick Kluivert, Edgar
Davids y Clarence Seedorf. A su paso por la ciudad condal también sería el
artífice del debut de cuatro campeones del mundo con la selección española como
fueron Carles Puyol, Víctor Valdés, Xavi Hernández y Andrés Iniesta, y no sería
menos en el antes citado Bayern Munich donde tras alinear por primera vez con
el equipo muniqués a Thomas Muller y David Alaba, perdió su puesto precisamente
por defender a uno de sus chicos, Thomas Kraft, ante directiva y afición pese a
tener atado a Manuel Neuer para la temporada que viene y un portero válido en
el banquillo como Hans-Jörg Butt. Se enfrentó a quien hizo falta por defender a
su joven portero de veintiún años, y cuando los resultados no acompañaron le
despidieron fiel a sus ideas. En la actualidad, hasta catorce jugadores han
visto cumplido su sueño de ser red devils
oficialmente al menos por un partido, entre los que han destacado Marcus
Rashford, Jesse Lingard y Tim Fosu-Mensah.
Cada rueda de prensa con los José Mourinho, Luis Enrique o David
Vidal es una aventura. Si han tenido un partido complicado, tal vez estén a la
defensiva y termines tú como protagonista. Si se han levantado con el pie
correcto, puede que eches la mejor media hora del día escuchando sus
ocurrencias. Los antiformalistas son así. Auténticos, inquebrantables,
genuinos. Pero aun estando dentro de ese selecto elenco de figuras, Louis van
Gaal es capaz de brillar con luz propia por sus salidas. Su carisma y su locura
son inigualables. Porque los demás no ilustran como él al cuarto árbitro el
piscinazo de un rival. Porque otros no justifican su autoridad sobre una
plantilla bajándose los pantalones en el vestuario. Por eso es nuestro villano
favorito. Y si no lo crees, seguro será porque tienes una interpretación de
nuestro hombre siempre negativa, nunca positiva.
Artículo publicado en garrinchamagazine.com
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