“Una idea es como un virus.
Resistente. Altamente contagiosa. La más pequeña semilla de una idea puede
crecer. Puede crecer para definirte o destruirte. La más pequeña idea como:
"Tu mundo no es real". Un simple y pequeño pensamiento que lo cambia
todo.”
Dom Cobb se adentraba en el mundo del subconsciente con una
soltura que podría hacernos olvidar quién fue Sigmund Freud. Lo había aprendido
todo sobre ese oscuro cobijo de nuestro cerebro, y lo había hecho de la manera
más trágica posible: haciendo todo lo que no se debía hacer. Su experiencia y
sus fallos le habían convertido en una eminencia en el campo onírico, y ahora
explotaba su virtud al mejor postor. Dom era capaz de convertir los sueños en su
particular patio de recreo, aún cuando no le pertenecieran, consiguiendo los
mayores secretos de sus objetivos a base de tretas intelectuales de dudosa
ética pero que eran efectivas, al fin y al cabo. Los sueños eran su mundo. Él
los creaba y los destruía. Eran el elemento mediante el cual accedía al
subconsciente de las personas y les robaba las ideas que él quería. O incluso
si se lo proponía, lo verdaderamente interesante, Dom se las implantaba.
La selección española de fútbol llegaba a la fase de grupos de
clasificación para la Eurocopa de Austria y Suiza sumida en un mar de dudas. El
ex-técnico de Atlético de Madrid y RCD Mallorca, Luis Aragonés, se había puesto
a los mandos del combinado nacional tras la marcha de Iñaki Sáez por los malos
resultados en la anterior Eurocopa de Portugal, y dos años después de aceptar
el cargo aún no había conseguido hacerse con sus hombres. Por el camino había
tenido lugar nada menos que un Mundial, en el cual España desplegó un juego
notable hasta la segunda parte de los octavos de final frente a Francia que
supuso su eliminación. Pese a los picos de fútbol que los Villa, Torres, Xavi,
Raúl y compañía habían demostrado, de nuevo a la hora de la verdad, frente a un
rival de entidad, la selección no dio la talla y dejó en entredicho tanto a
plantilla como a técnico. Esta vez en octavos, la maldición seguía rondando la
mente de cada español, y el sabio de Hortaleza vio desde un lugar privilegiado
cómo fracasaron sus planes.
Cada torneo al que acudía el combinado nacional seguía un patrón
más o menos definido en función del año. Tras una fase de clasificación en la
que sufría, España conseguía clasificarse para Eurocopa o Mundial y la lista de
convocados para la fase final contaba con nombres que ilusionaban de nuevo a sus
aficionados. Kiko Narváez, Luis Enrique, Joaquín, Raúl González, Iker
Casillas,… No formaban parte de la primera línea mundial de futbolistas pero eran
capaces de competírsela. Ya en la fase de grupos estos hombres conseguían un
par de victorias que impulsaban la ilusión de su país, pero una vez llegaba la
hora de la verdad, no habría jugada que venciera la barrera de cuartos. Así
terminaban las esperanzas españolas cada torneo. Iba más allá de la táctica y
la técnica. Ojalá fuera tan simple como eso, pensaron muchos antes que él. El
problema era psicológico. Por suerte, la especialidad de Dom.
Tras experimentar lo suficiente con sus posibilidades sobre el
terreno de juego, Dom empezó a entender lo que le pasaba a España. Sus hombres
habían sido capaces de destrozar a Ucrania en el pasado Mundial y sin embargo
perder frente a Irlanda del Norte y Suecia en los primeros compases de la fase
de grupos para la próxima Eurocopa. ¿Cómo podía David Healy, un jugador de la
tercera división inglesa, haberse impuesto a Sergio Ramos, Puyol y Casillas
para conseguir un hat-trick ganador? La solución no podía ser otra. Estos
jugadores, con sus equipos estaban consiguiendo títulos y sometiendo a rivales
de una categoría muy superior a los que se estaban enfrentando con la
selección, pero se vestían de rojo y se empequeñecían. No era sólo una cuestión
colectiva, cada jugador daba menos de lo que podía dar. Tal vez fuera el
contexto, la presión de prensa y afición, o todo y nada a la vez, pero cuando
jugaban con España, se sentían de la misma categoría que David Healy.
Inferiores a Franck Ribery. Y no lo eran. Luis Aragonés lo vio e ideó un plan
con el que pretendía cambiar el destino de esos chicos en el combinado español,
y que de paso haría lo propio con el de la selección española.
"Lo que vale
es que sois mejores y que estoy hasta los huevos de perder en este campo"
Dom se sabía capaz de implantar en ellos una idea porque ya lo
había hecho antes, con su querida en 1992. El Atlético de Madrid se enfrentaba
a su rival de la capital en la final de la Copa del Rey, y el sabio estaba
convencido de que sus hombres eran capaces de ganar ese partido, así que les
dijo unas palabras que pasarían a la historia junto con la posterior victoria
por dos a cero. En el Santiago Bernabéu, nada menos. Pero cambiar el sino de la
selección iba a requerir de algo más elaborado que eso, y poco a poco fue
definiendo su plan. El origen es complicado de hacerlo. No es sólo la
profundidad, necesitas la forma más simple de la idea para que crezca con
naturalidad en la mente del sujeto. Es un arte sutil, y por ello, la idea debía
ser muy sencilla y directa: “Sois mejores que ellos”. Esa sería la idea que
debía brotar en cada uno de sus hombres.
"Me gustaría
que la selección tuviera un nombre, una identidad. Igual que Brasil es la canarinha o Argentina la
albiceleste, me gustaría que España fuera
La Roja"
Para implantarla el plan constaría de tres niveles distintos y
consecutivos. En el primero de ellos, los jugadores debían empezar a intuir que
efectivamente eran superiores a sus rivales, concretamente a los de su grupo de
clasificación, por el momento. Para ello, el técnico debía de dotar al equipo
de una identidad que les permitiera sentirse mejores que ellos, que les
realizara como futbolistas. Si lo conseguía, su calidad individual haría que el
fútbol fluyera solo. Por ello insistió tanto desde su llegada en definir a este
grupo como La Roja, y por ello apostó por un juego que expresara este
sentimiento sobre el césped. Fueron dos objetivos que pretendió cumplir desde
su llegada en 2004, pero que hasta bien entrado 2006, cuando intensificó su
apuesta, no conseguiría.
El sistema que pretendía implantar era un sistema que pasara de la
“furia española” al juego de toque, y que poco a poco redefiniera el estatus de
la selección en el panorama futbolístico. Para ello también debía controlar todos
los aspectos del plan, así como dar un paso psicológico que cortara con ese
pasado derrotista del conjunto español, y Raúl dejó de acudir a los partidos de
España. El momento de mayor tensión mediática en la etapa de Luis Aragonés al
frente de la selección. Pese a ello, el de Hortaleza no dudó ni un segundo
sobre los pasos que iba dando, y en un partido frente a Dinamarca de 2007
España desplegó el mejor fútbol hasta la fecha para sellar virtualmente su pase
a la Eurocopa y anotar un gol que tiempo después se entendería como “el origen
de todo”. Una vez clasificados, la apuesta del técnico empezaba a dar sus
frutos y los jugadores ya intuían que también eran buenos jugando en la
selección.
El segundo nivel del plan de Dom comenzaría en un hotel, el Milderer
Hof, sede de la selección en su estancia en el torneo. Con los veintitrés
jugadores ya seleccionados para la fase final de la Eurocopa de Austria y
Suiza, la localidad de Innsbruck sería el escenario de los primeros partidos de
España en la Eurocopa, donde debían demostrarse a sí mismos que eran grandes
jugadores capaces de decidir partidos importantes. Luis Aragonés seguía su plan
y con el firme propósito de vencer desde el toque, confió su equipo a Xavi,
Marcos Senna, Iniesta y Silva, y los goles a dos hombres con mucha movilidad
como eran David Villa y Fernando Torres. El comienzo no pudo ser mejor. El
guaje firmó dos actuaciones memorables para destrozar a Rusia y superar a
Suecia en el descuento, y con la clasificación a cuartos decidida los suplentes
hicieron lo propio con Grecia en el último partido de la fase de grupos. Todos
se sintieron grandes jugadores en ese momento, y llegaba la hora de la verdad.
Los fatídicos cuartos de final, esta vez frente a Italia.
El encuentro fue fiel reflejo de la tensión que tenían ambos
conjuntos en ese momento, especialmente los de Luis Aragonés. Pese a estar
desplegando un fútbol de calidad con balón, cada llegada de los vigentes
campeones del mundo helaba la sangre de los jugadores y les recordaba el
bloqueo mental que tanto intentaban superar. Cada centro al área les ponía
frente a frente con sus dudas y sus temores. Y el partido llegó a los penaltis.
Desde sus casas, desde el estadio, cada español sumaba a partes iguales ilusión
y resignación a la causa de sus hombres. El fantasma de los cuartos rondaba
todas sus cabezas, y el subconsciente ondulaba por todo su abanico de emociones
a un ritmo frenético. Y si el de los jugadores también lo hizo, lo disimularon
bien. Por mucho que Dom conociera los entresijos de la mente como ninguno,
sabía bien que llega un momento en el que debe ser el propio subconsciente quien
reaccione como él espera. No estaba en su mano. Tenía que salir de ellos. Y los
jugadores bordaron los penaltis.
Cualquiera podría pensar que el trabajo estaba hecho. El bloqueo
psicológico de un país entero se vino abajo cuando el balón acarició la red
tras el golpeo de Cesc Fábregas en el último penalti. Lo habían conseguido.
Pero la idea no era “Sois capaces de superar los cuartos de final”, sino “Sois
mejores que ellos”. Y el mejor era el campeón.
“La semilla que
plantamos en la mente de este hombre crecerá en una idea. Esta idea lo definirá. Puede originar un
cambio... puede originar un cambio de
todo su ser.”
Así llegaron a la tercera fase del plan, en la que debieron
superar de nuevo al conjunto ruso y a la flamante finalista Alemania. Las
semifinales fueron el apogeo del juego español en el torneo y en su historia
reciente. David Villa se lesionó en el minuto treinta y cuatro de la primera
mitad, y en su lugar entró Cesc Fábregas en lugar de otro delantero. Como ante
Dinamarca, un único delantero estaría rodeado de cinco centrocampistas con gran
calidad con el balón, y Rusia no pudo hacer nada ante la avalancha de fútbol.
Salió tan bien el cambio que ante la persistencia de la baja del guaje, Fábregas
fue titular en la gran final frente a los alemanes, y la idea germinó. España
era campeona de Europa cuarenta y cuatro años después. La selección española
era la mejor, no sólo por el título sino por el modo de conseguirlo. Se sentían
los mejores.
Tras su éxito, Luis Aragonés hizo firme su decisión
de no continuar al frente de la selección. Su sucesor, un tal Vicente del
Bosque, recogería a esta generación y la haría campeona del mundo y de Europa
por segunda vez consecutiva, pero contaba con gran parte del trabajo hecho. Con
mucho sentido común, Don Vicente optó por perpetuar la idea de juego que el
ex-técnico implantó en la selección, y con un grupo que se sabía mejor que
cualquiera consolidó la edad de oro del fútbol español. Dom había cambiado la
mente de sus chicos. Había cambiado la mente de sus aficionados. Desde que Dom
había conseguido llevar a España a lo más alto de Europa, ellos eran el rival a
batir. Da igual que después pierdan un partido, dos o ninguno. Los mejores eran
los españoles, y con ese legado se despidió Dom Luis Aragonés. Un hombre que
cambió el destino de un país, para no volver a mirar atrás. Porque una vez que
eres el mejor, por muy mal que vayan las cosas, la inercia no es dudar. Es
confiar.
Artículo publicado en garrinchamagazine.com
No hay comentarios:
Publicar un comentario