lunes, 2 de enero de 2017

Brasil por fin es de Oro

El cinco de agosto todo el mundo miraba a Río de Janeiro. Una nueva edición de los Juegos Olímpicos estaba siendo inaugurada y una constelación de estrellas encabezada por Michael Phelps, Usain Bolt o Simone Biles se disponía a brillar con luz propia en los días siguientes. Todos olían a oro. Lo traían desde casa y sólo parecía importar cuántos conseguirían, en plural. Pero otro grupo de hombres les quería acompañar para acabar con una maldición histórica. Un país que presume de ser el mejor del mundo en el deporte rey, y que pese a ello no poseía una sola medalla olímpica de oro. Se trata de Brasil, y para cuando el pebetero iluminó al mundo ya habían sufrido su primer tropiezo.

Con las particularidades reglamentarias que tienen los equipos de fútbol en este torneo, Brasil se presentaba ante sus aficionados con un equipo capitaneado por sus tres hombres por encima de los veintitrés años: el portero Weverton, Renato Augusto y su capitán, Neymar Jr. Cierto es que parece difícil hablar del fútbol como deporte rey en un contexto olímpico, pero especialidades al margen, los anfitriones eran uno de los dos mejores conjuntos del torneo junto con Alemania. Entre sus jóvenes componentes tenían la suerte de contar con la velocidad de Felipe Anderson, la inteligencia de Rafinha o la jerarquía de Marquinhos. Y sobre todo, a este equipo se le reconocía su candidatura al Oro Olímpico por los dos atacantes de idéntico nombre que acompañaban al diez arriba. Gabriel Jesús y Gabriel Barbosa derrochaban calidad pese a su pronta edad. Y con esos mimbres afrontarían su cita con la historia.


Los dos primeros encuentros demostraron a la pentacampeona por qué los Juegos Olímpicos estaban hechos de otra pasta. Incomprensiblemente, tanto Sudáfrica como Irak fueron rocas lo suficientemente sólidas como para dejar a los anfitriones sin marcar y hacerles sumar sólo dos puntos de seis posibles. La frustración crecía y el Oro parecía cada vez más lejano, pero por suerte el equipo se enchufó a tiempo para derrotar por 0-4 a Dinamarca y acceder a los cuartos de final. Una vez en las eliminatorias, Neymar dejó de ser sólo jerárquico para ser también decisivo y abrió la cuenta en los tres partidos que disputaron. El tridente que formó junto con Gabriel Jesús y Gabriel Barbosa fue mejorando progresivamente y el fútbol comenzaba a fluir. Pero mención especial merece la defensa, que tan sólo recibió un gol en contra en todo el torneo. Gol que llegó en la propia final, a cargo de Maximilian Meyer, y que llevó al país al borde del infarto en la tanda de penaltis. Pero el destino, cuando quiere, es caprichoso. Por eso el balón decisivo estuvo en las botas de su capitán. Por eso el número diez se disponía a tirar el penalti vencedor. Neymar no falló, y la pentacampeona mundial del fútbol conseguía por primera vez su correspondiente título olímpico. En su casa, Brasil rompió la maldición y se colgó el Oro.

Artículo publicado en garrinchamagazine.com

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