El cinco de agosto todo el mundo miraba a Río de Janeiro. Una
nueva edición de los Juegos Olímpicos estaba siendo inaugurada y una
constelación de estrellas encabezada por Michael Phelps, Usain Bolt o Simone
Biles se disponía a brillar con luz propia en los días siguientes. Todos olían
a oro. Lo traían desde casa y sólo parecía importar cuántos conseguirían, en
plural. Pero otro grupo de hombres les quería acompañar para acabar con una
maldición histórica. Un país que presume de ser el mejor del mundo en el deporte
rey, y que pese a ello no poseía una sola medalla olímpica de oro. Se trata de
Brasil, y para cuando el pebetero iluminó al mundo ya habían sufrido su primer
tropiezo.
Con las particularidades reglamentarias que tienen los equipos de
fútbol en este torneo, Brasil se presentaba ante sus aficionados con un equipo
capitaneado por sus tres hombres por encima de los veintitrés años: el portero Weverton,
Renato Augusto y su capitán, Neymar Jr. Cierto es que parece difícil hablar del
fútbol como deporte rey en un contexto olímpico, pero especialidades al margen,
los anfitriones eran uno de los dos mejores conjuntos del torneo junto con
Alemania. Entre sus jóvenes componentes tenían la suerte de contar con la
velocidad de Felipe Anderson, la inteligencia de Rafinha o la jerarquía de
Marquinhos. Y sobre todo, a este equipo se le reconocía su candidatura al Oro
Olímpico por los dos atacantes de idéntico nombre que acompañaban al diez
arriba. Gabriel Jesús y Gabriel Barbosa derrochaban calidad pese a su pronta
edad. Y con esos mimbres afrontarían su cita con la historia.
Los dos primeros encuentros demostraron a la pentacampeona por qué
los Juegos Olímpicos estaban hechos de otra pasta. Incomprensiblemente, tanto
Sudáfrica como Irak fueron rocas lo suficientemente sólidas como para dejar a
los anfitriones sin marcar y hacerles sumar sólo dos puntos de seis posibles.
La frustración crecía y el Oro parecía cada vez más lejano, pero por suerte el
equipo se enchufó a tiempo para derrotar por 0-4 a Dinamarca y acceder a los
cuartos de final. Una vez en las eliminatorias, Neymar dejó de ser sólo
jerárquico para ser también decisivo y abrió la cuenta en los tres partidos que
disputaron. El tridente que formó junto con Gabriel Jesús y Gabriel Barbosa fue
mejorando progresivamente y el fútbol comenzaba a fluir. Pero mención especial
merece la defensa, que tan sólo recibió un gol en contra en todo el torneo. Gol
que llegó en la propia final, a cargo de Maximilian Meyer, y que llevó al país
al borde del infarto en la tanda de penaltis. Pero el destino, cuando quiere,
es caprichoso. Por eso el balón decisivo estuvo en las botas de su capitán. Por
eso el número diez se disponía a tirar el penalti vencedor. Neymar no falló, y
la pentacampeona mundial del fútbol conseguía por primera vez su
correspondiente título olímpico. En su casa, Brasil rompió la maldición y se
colgó el Oro.
Artículo publicado en garrinchamagazine.com
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