Probablemente, si le preguntáramos a cualquier seguidor del
Submarino Amarillo a principios de temporada qué esperaba del equipo, muy pocos
acertarían. Si bien su estilo se había matizado en los años de Marcelino, el
Villarreal siempre se ha definido desde el balón y la calidad de la posesión.
Así es cómo se había forjado un nombre en Europa, y había crecido como entidad
futbolística: por sus parejas de delanteros y su buen trato del esférico. Pero
en la temporada 2015/16, su técnico decidió apostar por su mayor valor como
profesional y ser, por encima de todo, competitivos. Una apuesta que no ha
traído bellas noches de fútbol combinativo al Madrigal, sino grandes partidos
que a base de una defensa sólida y una verticalidad eléctrica les acercaron a
los títulos como hace mucho que no conseguían.
Para conseguir esa solidez defensiva, el técnico asturiano definió
un bloque bajo en el terreno de juego liderado por su pareja de centrales.
Tanto Mateo Musacchio como, especialmente, Víctor Ruíz han cuajado su mejor
temporada sosteniendo al equipo en defensa, y protegidos por el planteamiento
del equipo han sido capaces de cubrir mejor su área de los ataques rivales. Pero
no estaban solos. La solidez aérea de Alphonse Aréola, la constancia de la
banda derecha formada por Jonathan Dos Santos y Mario Gaspar, o la jerarquía de
Bruno Soriano han sido grandes activos defensivos. Aunque reducir al capitán al
calificativo de “activo defensivo” sería denunciable. Bruno era el Villarreal y
el Villarreal era Bruno. Desde su posición central, organizaba tanto la presión
retrasada como los contraataques, y su influencia fue tal que sin él sería
difícilmente explicable la presencia del equipo en Anfield para intentar
acceder a su primera final europea. Aunque finalmente no lo lograran.
El complemento perfecto a este entramado defensivo fueron dos
descubrimientos estelares. Una nueva pareja de atacantes que enamoró a los
aficionados por su calidad y su efectividad, dando al equipo una escapatoria
ofensiva en todo momento. El primero de ellos, Cedric Bakambu, llegaba de
Turquía con mejores sensaciones que cifras, pero sus desmarques y su pegada
enseguida convencieron a los más agnósticos. Y el segundo, Roberto Soldado,
deslumbró en una faceta anteriormente desconocida en él, asistiendo y dando
toques de mucha calidad fuera del área. Una dupla aderezada con un Denis Suárez
muy participativo y vertical en la banda izquierda, y que protagonizaron un
fútbol vertiginoso pero efectivo.
Éstos fueron los protagonistas de un equipo que terminó el mes de
abril venciendo por 1-0 al Liverpool de Jurgen Klopp en la ida de las semifinales
de la Europa League. En Liga también dejó su sello venciendo a equipos como
Real Madrid o Atlético. Pero sobre todo, este último Villarreal de Marcelino
fue un equipo de autor. Un bloque extremadamente rocoso atrás, que pocos
rivales pudieron superar, y que aumentó el techo competitivo del conjunto hasta
cuotas cercanas al ansiado título que persiguen. De no ser por Anfield, quién
sabe qué habría ocurrido después.
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