Anfield Road, mediados de agosto de 2014. Una nueva
temporada echaba a rodar en la orilla del Mersey, ansioso por ver a sus chicos
volver a jugar la Premier. La habían rozado con los dedos, y a pesar de la
melancolía final por el tropiezo, el
ambiente creado tanto por el club como por la afición daba la sensación de que
se habían montado en un tren del que no se querían bajar. Liverpool quería
volver a ser el gigante inglés que siempre había sido, y lo quería demostrar en
Inglaterra y en Europa –con una flamante clasificación a la Champions League-,
pero resultó que el listón estaba tan alto que se dieron con él de narices.
La marcha del probablemente mejor jugador que ha
vestido la elástica red en los últimos tiempos –Luis Suárez-, a la larga resultó
imposible de compensar por una directiva que se esforzó sobremanera para
aprovechar el dinero que dejó en las arcas del club, y construir con él las
bases de un equipo fuerte y de futuro. Lovren, Manquillo, Alberto Moreno, o
Markovic probaban la intención de formar una plantilla joven, a la par que
Balotelli y Lambert suponían el reemplazo más inmediato del charrúa, aunque sin
encajar en el perfil. La realidad fue que el
equipo que había maravillado en la pasada edición de la Premier, aún con el
mismo entrenador, no había conseguido reponer las piezas que necesitaba,
sino que trajo jugadores individualmente buenos que tal vez no encajaban tanto
en la idea colectiva de juego.
Trágicamente para los intereses de Anfield, nadie supo reemplazar a Luis Suárez, y
cuando Sturridge se lesionó, el equipo dejó de tener argumentos de peso para
poder ganar los partidos. Tampoco Gerrard estaba en su mejor momento, y las
piezas nuevas no terminaban de encajar en ese 4-3-3 que definió Rodgers sobre
el terreno de juego. El resultado fue el de tirar la Premier a las primeras de
cambio, caer en la fase de grupos de la Champions League, y desplegar un juego
que desquiciaba a una afición más melancólica si cabe. El bloqueo era absoluto.
Sterling de falso nueve, Gerrard de mediapunta,
Lambert con Balotelli arriba, sentar a Mignolet,… El bueno de Brendan ya no
sabía qué pruebas hacer ni qué caras poner al ver que ninguna le daba
resultados. Tocó mil y una teclas, pero el reto parecía una sinfonía infernal
que le terminaría costando el puesto… hasta que la encontró. Y vaya si la
encontró.
Desde que
Brendan cambiara su 4-3-3 por un 3-4-3, el Liverpool ha dado un salto de juego
y de resultados tal, que le colocan
como el segundo mejor equipo de las cinco grandes ligas en puntos por partido en
2015 (2,5), sólo por detrás del Wolfsburgo (2,67), con un exquisito balance de
seis victorias y dos empates. El propio Mourinho afirmó en una rueda de prensa
que pese al mal comienzo de los reds, habían conseguido remontar el vuelo
siendo ahora un equipo muy difícil de batir.
Los buenos resultados del esquema se deben, en gran
medida, a la enorme adaptación a las
características de los jugadores que lo componen. Emre Can está dando
auténticos recitales con su salida de balón en el puesto de central derecho
–lugar en el que ya lo puso Pep Guardiola en el Bayern-, sin desentonar tampoco
en las tareas defensivas. El ex del Benfica, Lazar Marković, ha sorprendido a
todos con su rendimiento como carrilero derecho, y Henderson-Allen está
demostrando ser una gran pareja de mediocentros para sostener este sistema. Incluso
han recuperado a Sturridge –al que tanto necesitaban- y hombres como Alberto
Moreno o Coutinho están en un momento de forma sensacional.
Pero si esto no os convence aún, ahí tenéis unos
datos que lo harán. Antes del Boxing Day -26 de diciembre-, el Liverpool
promediaba 1,3 puntos por partido, metía
1,2 goles por encuentro, y encajaba 1,4. Con una simple operación lógica,
veréis que si metes 1,2 goles y te meten 1,4 por partido, bien no lo estás
haciendo. Pero tras el día del fútbol británico por excelencia, el Liverpool ha
cambiado su dinámica para conseguir 2,6
puntos por partido, meter 1,9 goles por partido y encajar tan solo 0,6. Han
duplicado los puntos, y reducido los goles encajados a la mitad. Bárbaro.
El Liverpool ya sabe a qué juega, y aunque el
Besiktas haya conseguido eliminarles de la Europa League tras la tanda de
penaltis, las sensaciones que se viven ahora en Anfield son bien distintas. Ya
lo han sufrido equipos como el Manchester City o el Tottenham, y con unos
objetivos más definidos, los reds están preparados para dar guerra a quien se
les ponga por el camino, y volver a la Champions y conquistar la FA Cup.
Argumentos, desde luego, ahora no les faltan.
Artículo publicado en yosedelapremier.com

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