Concentración y
pensamientos positivos. Al lado natural, con paradinha, o a lo panenka,
da igual. Once metros te separan de la gloria, y no puedes dudar. Los penaltis
son ya una parte imprescindible del fútbol, y tienen toda una filosofía tras de
ellos. Para la historia quedan ya momentos como el del penalti que falla Trezeguet
coronando a Italia como campeona del mundo, o la panenka de Abreu con Uruguay tras fallar otro Gyan en la prórroga.
Pero el caso es que todos querríamos tener la oportunidad de tirar uno, y el porqué es una vieja historia irlandesa.
William McCrum, ex-portero del
Milford FC en la Liga Irlandesa, fue también un hombre muy involucrado en las
asociaciones de los deportes más importantes, y durante su etapa como miembro
de la Federación Irlandesa de Fútbol revolucionaría
el fútbol con una idea muy simple. Ya desde 1888, en rugby, cuando se
cometía una falta a dos yardas o menos de la línea de touchdown, se señalaba un
golpe de castigo que compensaba la mayor gravedad de la falta cometida. Sin
demasiada fama, pero con una lógica aplastante, la idea se asentó en el deporte
y con el tiempo fue el pan de cada día para sus aficionados. Pero no era así en
el fútbol.
Hubo un tiempo en
que una falta, por muy cercana a la portería que fuera, era una falta y nada
más. El lugar del campo donde se cometiera no importaba, y la idea de un castigo mayor, como empezó a pedir el Sr. McCrum en la
Federación, no estaba bien vista. No iba con la caballerosidad británica.
Así que cuando se propuso formalmente introducir el penalti en el fútbol en
junio de 1890, la reacción de futbolistas y prensa fue de indignación, llegando
a llamarla sarcásticamente la “moción
irlandesa” o la “pena de muerte”.
Cuesta creer que en la actualidad ni haya debate, pero hubo un partido que lo cambiaría todo.
Pese al ambiente
hostil, la idea de los penaltis seguía rondando por los estadios siempre que se
producía una situación injusta. Casi del mismo modo que ocurre en la actualidad
con la introducción de la tecnología en los goles fantasma o en las jugadas
dudosas, basta con que ocurra una para que se reavive el debate. Y vaya si
ocurrió. En unos cuartos de final de F.A. Cup de febrero de 1891, en un Stoke
- Notts County, una mano totalmente intencionada en la
línea de gol –que bien podía
haber firmado Luis Suárez- se sancionó como libre indirecto, conforme
al reglamento vigente. Y efectivamente, como bien intuís, dicho libre indirecto no acabó en gol, y el debate se avivó más que
nunca. Así que finalmente, el 2 de junio de 1891, tras alguna adecuación de las
medidas exactas de distancia de jugadores, disparo, etc., el penalti ya era
parte del reglamento del fútbol, siendo la decimotercera regla de “Las Reglas del Juego”.
Desde entonces, una media del 70% de los penaltis han
terminado en gol. Desde que el Airdrieonians marcara el primer penalti
concedido en 1891 en Broomfield Park, las penas máximas han sido cada vez más y
más objeto de estudio y evolución. Estudiar a los lanzadores como hace Reina,
jugar con sus pensamientos como hace Pinto, o convertirlo en un pase como
hicieron Rik Coppens o Johan Cruyff, son sólo unos pocos ejemplos de todo lo
que, gracias a William McCrum, ha ganado el fútbol. Pero lo que yo quiero
agradecer al irlandés es mucho más simple que todo eso. Gracias, Sr. McCrum, por poder vivir la emoción que rodea a un penalti
que decida un partido. Una de esas cosas tan especiales que hacen que este
deporte que tanto amamos sea el deporte rey.
Artículo publicado en dlgrada.es
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